-Aellia le temía a Ivar no tanto por su reputación de berserker, sino por cómo las cosas estaban marchando -recordó Teresa -. Su alma había atrapado el interés de una cierta cronoata que actualmente ha logrado acceder al cielo.
-Ondskap -murmuró Febe.
-¿Ondskap? Esperen... ¿Hay una de esas cosas en el cielo?-inquirió Cristina.
-Créelo. Está ahí -replicó Caronte -. Dividiendo todo y a todos a su placer y antojo.
Cristina miró a Ivar en busca de una explicación más sencilla; éste añadió:
-El plan de Ondskap es de inseminar por la vía sexual una enfermedad venérea conocida como la Peste. Ojo, no hay qué confundirla con la Peste humana. Esa enfermedad es muy distinta, puesto que no te mata pero sí afecta fundamentalmente el comportamiento del infectado. Lo convierte en un monstruo capaz de destruir todo lo que esté a su paso, incluyendo almas inocentes.
Cristina tembló.
Aesir. El ángel que ella no creía que fuera. Su comportamiento no era de un defensor sino de un agresor. Un comportamiento producto de tan terrible enfermedad que se manifestaba por una sola mancha oscura situada en alguna parte específica del cuerpo.
-Es un milagro que no haya intentado hacerlo -murmuró.
-¿Quién? -inquirió Febe.
-Aesir. El sobrino de Hvitserk.
Teresa la miró seriamente. Cristina, sintiendo el peso de aquella mirada, añadió:
-Él me compró con los traficantes luego de que tratara de tomarme y que yo le clavara el cuchillo en mi defensa. No sé si él está infectado... Quizás sí, quizás no.
La anciana se acercó a su nieta y la abrazó fuertemente. La joven, correspondiendo el abrazo, percibió una especie de energía recorriendo el cuerpo. Ivar reconoció inmediatamente aquella energía que se estaba volviendo cada vez más imponente y fuerte, haciéndole estremecer: Era la misma que había sentido la noche que Cristina aceptó ser su drakae.
Al separarse, la anciana le dijo a su nieta:
-Tenemos que salir de aquí. Hvitserk y sus ángeles podrían llegar en cualquier momento.
-¿No nos vas a terminar de contar la historia de Aellia?
-Lo continuaré contando en el camino. Por ahora debemos movernos.
Cristina se volvió hacia los dragones; éstos asintieron, dándole a entender que tenían su voto de confianza.
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