Su objetivo estaba ahí, sentada en una de las largas mesas de la biblioteca con un libro en mano y con los audífonos muy bien insertados en sus oídos, ajena a todo lo que sucede a su alrededor, sobre todo a la mirada feroz y depredadora de Aesir Aeseryon, quien sutilmente se había sentado en una de las tantas sillas negras que estaban colocadas en el centro de la sala de lectura.
La presencia de Aesir disparó la alarma en Degaulle, uno de los soldados de mayor confianza de Draugr; aquello indiciaba que los ángeles también podrían estar interesados en Cristina, mayormente por la relación que tiene ésta con los dragones fugitivos, aunque notó que Aesir al parecer le interesaba algo más que dicha relación. Enfocando su mirada brevemente en el libro, Degaulle recordó tácitamente los rumores que había escuchad el otro día en los aposentos de su jefe.
De ser verdad, el hijastro de Ondskap tiene un resentimiento hacia la persona que lo había humillado públicamente una noche en París. Y esa persona, para su sorpresa, era aquella chica que se había levantado a colocar el libro en su lugar.
Degaulle se removió un poco de su asiento, fingiendo que leía ese libro que, de buenas a primeras, llamaría una bazofia si algún día le preguntasen por ello. Draugr había sido explícito en su orden: Ella no debía sufrir daño alguno; de ser el caso, era libre de infringir la peor de las muertes si quisiera, sin importar si era o no alguien relacionado con Ondskap.
Y le iba a tomar la palabra de manera cabal, ya que había empezado a notar un cambio drástico en Draugr en el transcurso de los últimos días, suceso del cual estaba seguro que aquella chica era la causante.
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"Finalmente te encontré", pensó Aesir con ferocidad mientras observaba de reojo a una Cristina absolutamente distraída entrando al baño.
Hace unas pocas horas, Aesir había llegado a Mérida proveniente de París con el solo objetivo de localizar a Cristina y con ésta a los dragones. Al dejar sus cosas en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, se dirigió hacia la dirección que su amigo de la Interpol le había provisto. La frustración se apoderó de él cuando descubrió que la casa estaba desocupada desde hace cinco años; los vecinos que habían conocido a la familia le dijeron que se marcharon de Yucatán tras la muerte del jefe de la familia, quien padecía de una enfermedad incurable.
Incapaz de permitirse un nuevo fracaso, decidió recorrer la zona en lo que pensaba bien el siguiente paso a seguir. Ahora, no sabía si los vecinos eran idiotas o la matriarca de la familia, una tal Teresa Parra, no tenía buenas relaciones con ellos; no le extrañaría si fuera lo último.
-Hola... Cristina.
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Ella se volvió hacia su visitante, muy sorprendida.
Debió haberlo sospechado desde el principio; una inquietud había empezado a apoderarse de ella en aquella sala de lectura, indicándole una presencia cronoata en el área. Lo que no se imaginaba era que esa presencia fuera la de Aesir, quien por lo visto ya sabía su verdadero nombre. "Entonces sí está infectado", pensó al recordar la explicación de Ivar sobre la enfermedad venérea que Ondskap se estaba encargando de propagar en el cielo mientras se echaba lentamente para atrás.
Aesir, al verla retroceder, le preguntó:
-¿Me tienes miedo?
-Sí -admitió mientras buscaba algún modo de salir del reducido espacio.
El arcángel bufó con ironía y, tomándola del cuello, replicó:
-Haces bien en tenerme miedo, pequeña humana... Especialmente después de lo que tú me has causado.
Antes de que pudiera decir algo más, una hoja filosa acarició suavemente el cuello del arcángel. Cristina se sorprendió al ver a un ser de piel morada, cuernos pequeños y ojos rojos ordenarle que retirara su mano del cuello; Aesir, cauto, obedeció.
-Degaulle... ¿A qué debo el placer de tu intervención? -replicó con sorna.
El aludido, sonriente, le respondió:
-El placer de matarte, y de llevarme a la chica.
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