Aesir
Sigricc llegó tarde a la residencia Agnarsson; tenía una sonrisa de oreja a oreja, de esas que parecía haber obtenido el premio mayor. Quizás el infeliz finalmente logró conquistar a Mercia, la nieta del principado Aethelgard, y ahora está pensando en anunciarlo ante toda la familia.
"Lástima que no sepa que ella tiene otro interés", pensé con una sonrisa mientras que Sigricc, sentándose al lado de su madre en el Gran Comedor, llenó enseguida su copa y, levantándola, brindó por la familia. Mi abuelo, suspicaz ante la repentina muestra de afecto, inquirió:
-¿Pasó algo?
Sigricc, bebiendo un sorbo de su vino, replicó:
-Nada de lo que nos pueda perjudicar, abuelo.
-De seguro Mercia ya le dijo que sí -comenté con sarcasmo.
-Mercia es tuya si quieres, primo. Digo, ¿no es ella la chica que tiene la suerte de calentar tu cama mientras estás en Valhavalon?
Le miré amenazadoramente. Sigricc, sin inmutarse, bebió otro sorbo de vino y añadió:
-No es necesario tener motivos para ser felices. Basta con que te levantes de buen humor para sentirte afortunado de tener una familia como esta, vivir como un rey en esta suntuosa residencia y, ante todo, conocer otras razas.
-Qué manera tan sutil de decirnos que conociste a una chica, hermano -comentó Freyja, mi prima y hermana suya con cierto interés -. ¿Quién es la afortunada de desplazar a Mercia?
Sigricc, aún con la sonrisa en su rostro, tomó un pedazo de pan y le echó unas migajas a su sopa de berros. Freyja, curiosa ante su silencio, se dirigió hacia mi abuelo y le dijo:
-Parece que pronto tendremos a una nueva Agnarsson en la familia, afi [1].
-No creo que la nieta de Teresa Herkonos quiera ser parte de nuestra familia, mi querida hermana.
La mirada de mi abuelo cambió abruptamente de la intriga a la sorpresa.
Teresa Herkonos, la más fuerte de los ged, la única mujer que le ha roto el corazón en mil pedazos a mi abuelo cuando le rechazó abiertamente en más de una ocasión, y la única que literalmente se ha enfrentado a mi abuelo y lo venció en pleno duelo. Ella, a quien muy rara vez ya veía desde hace más de 30 años.
-Más te valga que logres atrapar su interés, Sigricc -comentó mi tío Thor -. Una Herkonos en la familia es una adquisición muy, pero muy valiosa.
-Me gustaría compartir tu optimismo, padre, mas lamento informarte que lo encuentro difícil. Especialmente cuando ya tengo a dos rivales por sus afecciones.
Ahora fue el turno de mi tío Hvitserk de sorprenderse. Aquella reacción captó inmediatamente mi interés mientras que mi hermana, emocionada ante el desarrollo de los acontecimientos, inquirió el nombre de la chica y de sus rivales en el amor. La única respuesta que recibió fue un nombre que inmediatamente me obligó a mirarle con ferocidad: Cristina Martínez de la Parra.
Sigricc, quien por lo visto disfrutaba cabrearme, añadió:
-Debo decirte, Aesir, que ella realmente es interesante. Ojos castaños intrigantes, labios carnosos, cabello oscuro y un alma tan inquietante, tan fuerte... Nunca he visto mujer igual que realmente cale tanto, o que dañe tanto como te ha pasado a ti. No me extraña que quisieras tratarla como tu puta personal, claro, después de... probar sus entrañas.
Mi abuelo me lanzó una mirada furibunda antes de levantarse y, sin decir nada, se retirase del comedor. Su retirada generó una serie de reacciones negativas, la amplia mayoría dirigidas hacia mí. Mirando con furia a Sigricc, quien comía a satisfacción la cena, declaré:
-Esa fue una cobardía, Sigricc. Sacar a colación un asunto del pasado...
-¿Asunto del pasado? -interrumpió Freyja - ¿Tratar a una virgen como a una puta es un asunto del pasado? ¡Lo tuyo sí que es una cobardía, Aesir!
-¡Yo no la he tocado! -reclamé.
-Pero bien que intentaste hacerlo en París, aunque no esperabas que ella se defendiera -se burló el maldito.
-¡Suficiente! -intervino mi tío Hvitserk de manera atronadora -¡Suficiente los tres!
Volviéndose hacia mí, mi tío añadió:
-Conocí a la nieta de la Herkonos en Londres. Ella es la drakae de uno de los dragones fugitivos, como me imagino que has de saber.
-Ella atrajo la atención de Draugr incluso -agregó Sigricc -. Y la mía también.
Lo miré con odio y rabia; él, sin inmutarse ante mi mirada, resolvió con levantarse de ahí y retirarse con un pedazo del estofado en la boca y una gasa de pan, sabiendo que ha triunfado sobre mí una vez más.
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Sigricc
Aesir no era alguien que dejara ir las cosas tan fácilmente. Estaba seguro que en cualquier momento me atacaría por hablarle de Cristina enfrente de todos, pero me sorprendió que pudiera contenerse bastante aún estando ausente el viejo Odín. Incluso me sorprendió que él tratara de dialogar, cosa demasiado inusual porque siempre recurría primero a la violencia.
Quizás, como me dijo mi padre hace unos días, sus últimos fracasos le hicieron ver por fin que debía actuar con cierta mesura y no siempre dejarse llevar por su violencia de carácter. Sin embargo, la mirada que me lanzó cuando me retiré del Gran Comedor me dio a entender que pronto tomaría venganza contra mí.
O peor aún, contra Cristina.
Enciendo un cigarro y enfoco mi mirada en el paisaje urbano de la capital neozelandesa de Wellington. No puedo negar que fue una indiscreción de mi parte traer a colación el nombre y la afinidad de Cristina; no debí haberme dejado llevar por la emoción y sí limitarme a responder la pregunta negando todo, pero sentí que era mi deber descubrirlo ante toda la familia.
Es cierto que no la tocó, pero lo hará. Estoy seguro que, si Cristina aún continúa en estado virginal, no tardará en hacerlo. Eso si Draugr no la tiene antes en su poder.
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[1] En islandés, abuelo.
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