Recuerdo que tenía cinco años cuando mi abuelo nos llevó ante su presencia. Era grande, frondoso, con raíces tan antiguas que parecían estar presentes desde el principio del mundo. Estaba, de hecho, en el centro del jardín, rodeado de una pequeña laguna cubierta con pétalos rojos, blancos y rosados.
En medio del tronco había un rostro, una suerte de Buda si mal no recuerdo. Su mirada fija me estremecía. Era como si supiera quién eres, cómo eres, cuáles eran los motivos de tu presencia...
Me vuelvo, creyendo que mis hermanos pequeños estarían asustados. Lo que vi todavía lo conservo en mi memoria: Mi hermana se había acercado a tocar el árbol. Las ramas y las lianas parecían cobrar vida al contacto. Los labios del Buda empezaron a moverse; unos susurros salían de ellos, mismos que provocaron una reacción de curiosidad en mi abuelo y un desconcierto en mí.
Confieso que me intrigaron esas palabras durante 19 años, pero no fue hasta hace poco que comprendí bien su significado.
Drakae Yggdrassil, drakae Rahenir Yggdrassil.