La Noche brinda a rigor, un desfile de luminosidad y esplendor; ergo es digna y plausible.
Desde lo alto de mi morada, la sórdida oscuridad es abatida por el fulgor destellante de la Luna.
Estrellas plúrimas que conspicua de hermosura, con su cálido resplandor.
Me siento venusto ante el acto dadivoso que el cielo nocturno ofrece a mis ojos.
Desnortado, con mi corazón exaltado por sentimientos intrínsecos por la estólida conducta que tenía a causa de la yactura que toleré tras un evento no merecedor de detalles… la Luna, irradiaba calma en mí ser.
Debo dilucidar que por un momento fui invadido por la criptomnesia que obnubilo mi mente, estaba ensimismado, me sentía apocado, sólo mirando al cielo tuve un ápice de sentido común.
Ya basta de sentirme flébil, es hora de ser jactancioso, no por molestar a otros.
Es menester aprovechar lo que irradia la noche, vislumbrar la vasta hermosura que trae consigo la llanura del cielo nocturno.
Un espectáculo digno de propugnar, no trivial, sino invasivo a mi ser.
Pude esbozar cada detalle que ofrecía la noche, me sentí hilarante al hecho de satisfacción que me propino el momento.
Una fotografía, lo necesario para la anécdota del mañana, fue lo propio, lo ocurrente lo ideal.
Pero sólo el recuerdo, sólo esa imagen fotográfica que ya estaba en mi mente era la protagonista.
La noche terminaba, como si imperaba irse, como si las estrellas quisieran descansar, la luna menguar y dar paso al astro rey, el Sol…
Que se encontraba ausente pero omnisciente mientras desnudaba mi alma a quien iluminó mi ser… La Luna.