El cine es un lugar maravilloso: Si pudiera iría todos los días a ver cualquier película. Es un espacio donde se reúnen decenas de personas, en una sala oscura, y se mantienen en silencio durante dos horas aproximadamente, concentradas es apreciar una pieza de arte. Es fascinante. Cual culto religioso, en el cine incluso se han creado rituales para no perder la concentración de la película; apagar el celular al entrar, o comer palomitas para que el hambre no te distraiga. En la era del tweet, es increíble que aún exista una apreciación tan respetuosa del cine.
Y en mayor o menor medida, otras formas de expresión artística gozan del mismo estatus. Los libros son objetos respetados y pocas son las personas que te molestarán si estás leyendo. Al abrir un libro estás entregándote a los párrafos, les estás regalando toda tu atención —sino, te puedes encontrar en la desagradable situación de darte cuenta que llevas tres párrafos en los que has estado leyendo sin entender nada, y tienes que regresar. De la misma manera, los museos son lugares en los que se incentiva la apreciación activa de las artes plásticas. Al ir a un museo estás aceptando que no harás nada más que ver piezas artísticas; no está aceptado realizar algo que no sea apreciar el arte. La motivación es tanta que incluso personas que sabes que no tienen idea de arte muestran un interés inmediato —ya sea genuino o forzado para quedar bien— por analizar e interpretar las intenciones artísticas de los autores.
Y a esto yo me pregunto: ¿Por qué cuesta tanto traducir este interés y respeto por la música? Sí, existen los conciertos, pero la música es lo de menos en los éstos. Las presentaciones musicales son más un evento social que una reunión para apreciar el arte en su máxima expresión. Y ese es el problema, la música ha pasado de ser un arte relevante que uno se detenía a apreciar, a ser una distracción, o una excusa para hacer otra cosa. Escuchamos música cuando vamos por la calle no con la intención de prestarle atención, sino de hacer el recorrido, de otra forma tedioso y aburrido, más llevadero.
En Latinoamérica se tiene una tradición que me parece especialmente irritante; se busca la forma de bailar todo, y toda la música es bailable. Así, deja de ser un arte independiente al que prestar atención, y se convierte en una excusa para mover las caderas. Salsa, merengue, bachata, tango, cumbia y tambores, todos con ritmos bailables, cada cual con su pasito único que hasta el primito de 5 años debe conocer si quiere encajar en las fiestas de la familia. Y aparentemente es una de esas tradiciones que pasan de generación a generación, porque el reguetón no tiene muchos años. Pero cuando nace el interés por la música sin mayor intención de ser bailable, sucede con el trap. ¿De verdad es mucho pedir música buena para escuchar sin sentir la presión social de tener que bailar?Y lo triste es que muchos de éstos géneros tienen cierta complejidad musical que los hace interesantes de escuchar. Sin ir muy lejos de lo más popular, la salsa es una evolución del jazz que surgió cuando éste llegó a oídos cubanos y puertorriqueños, y su sabor caribeño.Hay elemento ahí que vale la pena apreciar, mucho más que lo que se puede escuchar en el reguetón o la música pop. Pero la gente no la escucha a consciencia por más de 5 segundos, mientras intentan encontrar el ritmo para saber dónde comenzar a bailar.
Siempre me ha dado curiosidad por qué la música es un arte que se ha denigrado, simplificado y destruido tanto, que para alcanzar un mayor público se ha alejado del refinamiento. Entre los años 20 y los años 50 el jazz tuvo su pico en popularidad, luego vino el rock, del rock pasamos al pop, y ahora estamos en un auge de popularidad del rap/trap. No estoy criticando por completo todo el género; personalmente me gusta bastante el rap. Pero no el trap, en esa música sinceramente no hay nada rescatable. Y no me cabe en la cabeza cómo mi mamá en su juventud conocía y escuchaba música de The Beatles, pero que mi generación esté escuchando a Bad Bunny y Maluma.
La única explicación que le encuentro a esto es que, simplemente, la música cumple un papel cada vez menos relevante en nuestra vida. En el siglo XIX, antes de la invención del tocadiscos, pocas eran las formas de escuchar música, y si querías complacer a tus oídos, casi seguro tendrías que escucharlo en vivo. Con la evolución de la tecnología la música se hizo cada vez más accesible, y los dispositivos más portátiles. Con esto, la relación de la gente que la música cambió. Ahora, literalmente, miles de canciones entrar en una memoria de pocos centímetros, y las puedes escuchar todas con unos cómodos audífonos, en cualquier espacio, cuando quieras. Ya no es necesario prestarle atención, y está cada vez menos incentivado prestarle atención a las canciones que escuchamos.
«Wilderman, vamos a hacer x» «No puedo, estoy escuchando música» «¿Y no lo puedes hacer mientras escuchas música?» ¡No, no puedo! No puedo porque sería desviar parte de mi atención a algo además de la música. No puedo porque me perdería cosas que podrían interesarme. No puedo porque quiero disfrutar de esta pieza de arte, como haría con cualquier otra pieza de arte. Y creo que todos deberían hacerlo de vez en cuando.Muchas personas, al conocerme un poco y enterarse de mis gustos musicales y el respeto que siento por la música, tienen curiosidad de algo. «¿Por qué te gusta el k-pop entonces?», preguntan. Y honestamente yo tampoco lo sé del todo. Pero si tuviera que dar una explicación, diría que es porque es una industria en la que, a diferencia de la música pop occidental, o peor, el trap, se preocupan por entregar un producto de calidad. Mientras Chalie Puth hace Attention y sus coros que no son coros, BTS lanza Singularity, que te podrá gustar más o menos, pero al menos se nota el cuidado y la delicadeza con la que fue producida; se percibe la atención al detalle, el esfuerzo por hacer una canción competente. Chalie Puth sabe que con una melodía pegadiza tiene a su público comprado; muy bien entiende que pocas son las personas que seriamente se detendrán a escuchar su canción. No se preocupa por dejar delicadeces que sirvan de recompensa para la mente curiosa que quiera escuchar algo más allá. Cual charco, en sus canciones no hay más que superficie; encontraremos allí una profundidad imperceptible. Y creo que el camino de la música seguirá igual mientras continuemos escuchándola de la misma manera. A menos que cambiemos la forma en que la percibimos, a menos que la comencemos a respetar, prestemos atención, y empecemos a ser un público más exigente, lamento decirles que en cualquier momento se las idearán para hacer algo incluso peor que el trap. Y en ese momento desearán que el k-pop fuera lo más popular.