Caracas, vamos a sincerarnos, no eres la mejor ciudad del mundo. Disculpa que te diga algo tan insensible el día de tu cumpleaños pero siento que necesitas una dosis de realidad. Muchos se oponen a hablarte con honestidad, y sólo te dirigen la palabra para decirte mentiras. No, no eres la mejor ciudad del mundo. No eres higiénica, no eres segura, no eres especialmente bonita. Estancada en el pasado, no pareces una ciudad del siglo XXI. Eres relativamente pequeña y eres cuanto menos desorganizada. Tus carreteras se caracterizan por sus huecos, y tu sistema de transporte subterráneo es insoportable. A cada año que pasa, o cada mes incluso, es más difícil hacer vida aquí, no nos pones las cosas muy fácil; no te quieres dejar amar.
Sin embargo, por muchos años fuiste la única que conocí. Y si ignoramos alguna que otra aventura, amoríos pasajeros que no han durado más de unas pocas semanas de vacaciones, has sido la única ciudad por cuyas calles he transitado. En últimas instancias, a ninguna otra puedo llamar "mi ciudad", y, aunque no quiera, ese sentido de pertenencia me ha hecho apreciarte un poco.
Aún recuerdo la primera vez que te observé desde la altura y a lo lejos. Fue en el cementerio de El Junquito. En un intento por alejarme de los adultos llorando a alguien, me acerqué a un barranco y te vi. Desde allí, pude apreciar cómo te escabullías entre las montañas, te encaramabas por los cerros y te extendías hasta donde la vista ya no alcanza. Y por primera vez sentí, muy en el fondo de mi ser, algo ardiendo con fuerza; era una especie de bacteria que, desde mis adentros, proclamaba "¡Esa es mi ciudad!".
Desde entonces te he visto con otros ojos, aunque todavía no siento por ti ese amor ciego que percibo en otras personas. Más que adorarte, te admiro, y por lo mismo me siento un poco traicionado. Verte desde aquel cementerio, ubicado en esa montaña que tan importante ha sido para mi vida, me mostró lo majestuosa que podías ser. Pero cuando transito tus calles no percibo ni una pizca de magnificencia. Siento que te abandonaste. Entiendo que no sabes cómo luces desde la lejanía —sería complicado hacer un espejo que te permitiera observarte de arriba abajo—, y no comprendes el potencial que tienes. Tú no eres como otras ciudades, planeadas y organizadas; naciste sin muchos cálculos, y fuiste creciendo como mejor te parecía. Tu distribución por el valle se siente natural, formas parte del paisaje, no desentonas ni un poco. Eso, vista desde lejos. De cerca y observando con lupa, me he dado cuenta que no le haces justicia a lo que te rodea, y pienso que probablemente El Ávila estará tan decepcionado de ti como yo.
No sabes cómo me encantaría poder quedarme sólo con la vista lejana, sólo con el plano general. Quisiera ver tus edificios cono simples adornos en el ambiente, los barrios como luces mágicas que iluminan los cerros en las noches. Todo sería tan hermoso. Me encantaría que mi vida contigo fuera siempre un viaje por la Avenida Boyacá, para observarte en toda tu extensión mientras viajo plácidamente en un carro que obviamente no se va a quedar accidentado. Para así nunca pararme a observar detalles que arruinen la experiencia.
Pero lo cierto es que la realidad siempre estará allí. He vivido en uno de tus barrios durante casi 17 años y sé lo que se esconde detrás de las lucecitas del cerro. He convivido contigo suficiente tiempo como para aprenderme el nombre de más zonas rojas que de zonas verdes. De noche tus calles no son apenas transitables, y en la mañana me hacías muy difícil realizar un recorrido que no debería tomar más de diez minutos. Por tus aceras y callejones me han intentado robar tantas veces que he llegado a sentir pánico durante semanas. Estos son hechos que no puedo ignorar, y que hacen que me quiera largar lo más lejos de ti como sea posible; quizá por eso desarrollé cierta obsesión por Asia. Y no me malentiendas, no te tengo un odio indiscriminado. Hay cosas de ti que sí me gustan; amo caminar por el Bulevar de Sábana Grande a plena luz del día. El problema es que son pocos los ejemplos que tengo, y me gustaría que fueran más. No te haces una idea de cuánto me gustaría poder amarte con locura, pero me resulta imposible. Aunque luego de escribir estos seis párrafos en honor a tu cumpleaños, he notado que, quizás, a mi manera, sí te tengo un poco de cariño.