La fe en la democracia se sustenta bajo la premisa de que, bajo las condiciones adecuadas, la mayoría de miembros de una sociedad tendrán la capacidad de tomar las mejores decisiones para el progreso y sostenibilidad de la misma. La idea de fondo que se encuetra tras esta premisa es la de que el voto es un acto racional, en el que cada uno de los votantes sopesará las opciones, analizará los posibles resultados de su elección, y votará en base a este razonamiento.
El problema es que, en la realidad, lo que menos abunda en épocas electorales es la racionalidad.
La racionalidad nos abandona en épocas electorales - Fuente (Editada)
Los seres humanos somos seres altamente emocionales, y en nuestro día a día ya nos es sumamente difícil vivir en base a decisiones puramente racionales. Y no siempre es necesario, la evolución nos ha dotado de ciertos instintos, o eso que algunos llaman "inteligencia emocional", que en ciertas circunstancias pueden ser más útil que el lento proceso de análisis racional. Pero puede que, cuando de nuestra decisión depende el futuro de millones de personas, dejar que la emotividad o los instintos nos guíen puede ser un camino peligroso.
El problema es que, de la forma en que está construido el sistema democrático, hay muy pocos incentivos para un voto verdaderamente racional.
Comencemos por el hecho de que, para poder discernir entre un buen y un mal candidato, o entre políticas beneficiosas y políticas destructivas, cabría esperarse de nosotros que tuviésemos un amplio conocimiento en una gran diversidad de áreas. Política, economía, sociología, psicología o filosofía son algunas de las áreas que podrían permitir formarnos una opinión política medianamente racional. Pero aceptémoslo, en una sociedad moderna es muy poco funcional que cada ciudadano posea conocimiento en cada una de estas áreas. ¿Por qué habría un ingeniero de entender sobre sociología?¿Un artista necesita ser un entendido en teorías económicas?¿Tendría un taxista que saber cómo funciona el sistema bancario?
Y no solo son las áreas de conocimiento las limitantes para el voto racional, sino también el propio conocimiento de cada proceso electoral específico. Habría que conocer en profundidad a cada candidato, estudiar con detenimiento sus planes de gobierno, investigar su historial en la política para determinar su nivel de confiabilidad, y muchas cosas más. Esto nos requeriría una considerable inversión de tiempo y energía. Y dado que, en el fondo, todos entendemos el escaso valor de nuestro voto, la conclusión inevitable es que no vale la pena tanto esfuerzo.
La irracionalidad del voto es algo que no es un secreto, especialmente para los propios actores políticos. Fíjense en cómo son las campañas electorales. ¿Acaso han visto a un candidato presidencial presentando datos económicos en un spot televisivo?¿O discutiendo de teorías económicas en un debate electoral? Si es así los invito a que lo compartan por acá, porque yo todo lo que he visto son mensajes demagógicos y jingles electorales que apelan a la emotividad y al tribalismo.
Ahora los invito a que reflexionen, si el proceso mediante el cual decidimos a quién daremos nuestro voto es principalmente irracional, ¿es posible llegar de esa manera al mejor tipo de gobierno posible?
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