Hurgando en mis cosas encontré, en una pequeñita caja de regalo, un chip de memoria de un teléfono celular. Al verlo, me sorprendí de que eso existiera y estuviera allí, pero mi memoria fotográfica me mostró, de manera secuencial, los sucesos que ocurrieron para que ese diminuto objeto se encontrara resguardado en una de las gavetas de mi escritorio.
Fue así como recordé que, una vez saliendo yo de mi lugar de trabajo abordé mi vehiculo, encendí el motor y bajé la ventanilla para que entrara un poco de aire mientras esperaba pacientemente a que una compañera también saliera y se fuera conmigo. Ese estacionamiento está siempre muy solo y ese día no era la excepción pero de repente, siento la presencia de alguien que se esta acercando sigilosamente a mi y cuando trato de voltear, veo a un hombre con una pistola en la mano apuntándome directamente en la cien, pidiéndome mi dinero.
Sorprendentemente para mi yo no me asusté y la verdad es que, no se de donde me salió tanta calma para poder decirle que yo no tenía dinero, aunque creo que eso se debió a que la pistola que el cargaba me parecía falsa (como si yo supiera mucho de armas) y quizás eso me hizo suponer que era inofensivo. Así que me puse de tú a tú con el, donde el me repetía constantemente que le diera el dinero y yo, levantando los hombros y haciendo una mueca que le indicaba que estaba perdiendo su tiempo, le repetía que no tenía. Y es que ciertamente yo no cargaba dinero en efectivo.
Ya habían pasado más de diez minuto y el seguía con su insistencia. Pero llegó un momento donde me harté y en un arrebato de rabia volteé mi cartera para que cayera, en el asiento del copiloto, todo lo que había dentro de ella y así se convenciera de que, en ese momento, no tenía dinero. Pero lamentablemente para mí, el pudo observar que entre todas las cosas que cayeron había un cargador e inmediatamente dedujo que yo poseía un celular, el cual comenzó a pedirme, pero esta vez, con grán enfado y de manera altanera. Moviendo la mano, que contenía la pistola, de un lado a otro.
Por supuesto que decidí entregarle el celular, más por cansancio que por miedo. Aunque reconozco que, en los últimos momentos de nuestro desagradable encuentro, pensé que de la rabia el pudiera darme un cachazo y lastimarme. También tome consciencia de que ya había pasado mucho rato y en todo ese lugar no aparecía nadie, ni siquiera mi amiga. Y esto me llevo a que, con resignación, le entregara mi móvil. No sin antes pedirle que me dejara el chip de memoria, el cual no tuvo reparo en permitir que yo lo se lo sacara al celular y me quedara con el. Posteriormente, en fracciones de segundo y con mi celular en su poder, desapareció. Y en ese instante, como en una historia de película , fue cuando sí salió mi amiga.