De cuando El Tuqueque quiso ser el hombre invisible
Carmen Julia Chirinos vivía en la península de Paraguaná, Venezuela. Cuando terminó el liceo a los 17 años, no se podía imaginar lo que le sucedería durante el mes de agosto. Su mamá le había pedido ir al abasto para comprar unos víveres, cuando a la salida percibió la mirada de aquel hombre de mediana edad, aspecto esmirriado y ojos pardos de mirada esquiva como un gato. Se sintió incómoda y cuando pensó que ya le había dado la espalda, el hombre de manera grosera pellizco una de sus nalgas. Ante el enfado y la indignación, Carmen Julia lo golpea en la cara con fuerza con la bolsa de plátanos y salió corriendo. El hombre, Asdrubal Ramones, conocido en el pueblo con el apodo de “El Tuqueque”, al alejarse la muchacha, dijo en voz susurrante “tendrás que ser mía, fierecita”.
Pasaron los días y El Tuqueque planeaba como acercarse a ella sin limitaciones y recordó el conjuro que su tío el brujo Ezequiel, hizo una noche entre otros brujos, implicando un pacto con el maligno para obtener la invisibilidad o ser visto por otros en forma de animal.
Así fue que espero el 21 de agosto, fecha en que se supone el sol está más cerca de la tierra y por ende el día es más largo. Ya casi a la una de la mañana, se fue a un terreno baldío alejado del pueblo, llevando consigo un gato negro dentro de un saco de fique y una bolsa con velas talladas y un espejo. A los pies de un árbol de cují colocó un círculo de seis velas rojas y en el centro de este, una vela negra. Una vez encendidas las velas, hace la invocación a los demonios y recita el conjuro. Luego, mata al gato aún dentro del saco, procediendo luego a sacarlo, desollarlo y desmembrarlo. Limpia cada pequeño hueso, y va poniéndolo uno a uno debajo de su lengua mientras se miraba en el espejo, hasta que por fin dio con el huesillo que permitió hacerlo invisible. Se había convertido en un ceretón.
El Tuqueque se quitó la ropa y la dejó a los pies del cují. Fue andando hasta la casa de Carmen Julia y comprobó la propiedad de los ceretones de colarse por debajo de las puertas o por las rendijas de las ventanas de romanilla, convirtiéndose en insecto, reptil o cualquier otro animal. Así fue como llegó a la habitación de Carmen Julia, como el animal que le da su apodo, el tuqueque, un pequeño reptil parecido a las salamandras que viven en las casas y se alimentan de insectos y arañas.
El Tuqueque vuelve a hacerse invisible y se sienta en la orilla de la cama y toca las piernas la Carmen Julia. Ella se levanta de un respingo de la cama y piensa que podría ser un espanto. Siente la respiración de alguien pero no ve nada. Comienza a rezar el “Ángel de la guarda”, el padrenuestro, el avemaría y todo el repertorio de oraciones que se sabía. Vuelve a la cama con el corazón sobresaltado pero tratando de tranquilizarse. Agudiza sus oídos para cerciorarse de que no se escucha nada, cuando el tuqueque vuelve a tocarla por sus caderas y Carmen María pega un grito de terror que en pocos segundos trajo a su habitación a toda la familia entera.
“¿Qué pasó?” – le preguntaron. Ella temblando le dijo que se le apareció un espanto, que se había subido a la cama y la había tocado dos veces. Al encender la luz, su padre levantó las sábanas y vio un tuqueque escondido en la cama. El tuqueque salió despavorido, pero no sin antes ser golpeado en el suelo por la alpargata de su padre. Aun así, el tuqueque se escapó dejando rastros de sangre.
Al día siguiente encontraron desnudo a Asdrubal Ramones a los pies de un cují, utilizando su camisa para tapar las heridas abiertas de su brazo izquierdo fracturado, también tenía dos de sus costillas fracturadas, y un esguince severo en su tobillo derecho. La única explicación que pudo dar es que unos malandros lo asaltaron en la madrugada y lo habían dejado ahí solo. Después que salió del hospital, nadie supo de su paradero. Mientras que Carmen Julia en las madrugadas debajo de su cama, siempre tiene una vieja escoba con la que golpea a los tuqueques cuando cantan a oscuras en la habitación.
Nota de la Autora:
Este cuento se basa en la leyenda de los ceretones, espíritus de seres que aún viven y alcanzan la invisibilidad a través de ritos de hechicería o satanismo. Son historias que se han contado de generación en generación en Falcón y Lara, estados del occidente venezolano.
También he querido relacionarlo con la creencia de que los tuqueques se enamoran de las mujeres. Los tuqueques son unas lagartijas que en otros países les llaman guecos, salamanquesas, tutecas, entre otras denominaciones. En mi país, cuando el hombre se enamora de manera fácil de cualquier mujer, dicen que “es más enamorado que un tuqueque”. Porque los tuqueques están donde hay muchachas bonitas y mujeres embarazadas, les cantan en sus aposentos y en los cuartos de baño cuando ellas toman la ducha. En este relato, Asdrubal Ramones se quiso pasar por uno, pero casi se muere y no fue de amor.
Fuente Imagen 1
Fuente Imagen 2
Publicaciones anteriores de esta serie:
Narrativa breve - Cuento N° 1: Apocalipsis a la griega. Una versión simplificada