Los griegos decían que el alma se encontraba en el diafragma y según ellos es por eso que todos los dolores fuertes se sienten en ese lugar. Se dice que es por eso que cada vez que vemos algo que nos duele muchísimo, el aire se nos va. Que cuando nos rompen el corazón lo sentimos allí primero, y luego en todo el cuerpo.
Pero nadie habla de cómo se clavan las personas en el diafragma. Y vaya que es algo de lo que deberíamos hablar más seguido. Nadie dice cómo, de un momento a otro, sabes que tienes a alguien clavado en el centro de tu diafragma, amenazando todo lo que eres, y al mismo tiempo cuidando el terreno invadido. Nadie dice que se empieza por ahí, e igual que un corazón roto, los vas sintiendo debajo de tu piel, como si no les bastara el centro de tu alma.
Yo, por mi parte, supe de inmediato cuando te clavaste en mí. Fue en uno de esos momentos en los que te vi reír y luego poner cara de que no me soportas ni en pintura. Justo cuando te vi disfrutar de mi compañia tanto como yo de la tuya. Cuando decidí que mi sonido favorito ya no eran las olas sino tu risa. Y ahora, me complace saber que estás en todos lados.