Hola de nuevo, vengo escribir sobre ti.
No, esta vez no pido en mi carta que vuelvas, ya no.
Aunque no lo creas, vengo a agradecerte, muchos no entienden cómo es que veo las cosas positivas que me dejaste porque sólo vieron derrumbes en nuestra relación, pequeños derrumbes que terminaron en ruinas cuando tú partiste de mi vida. Pero ellos no vieron cómo me mirabas, ellos no saben de aquellas noches en las que me cantabas cuando no podía dormir, o aquellas en las que la llamada seguía en línea cuando me quedaba dormida y despertaba porque aunque tú sabías que estaba dormida me decías cosas lindas, ellos no tienen una idea de aquellos detalles que tenías hacia mí (con un poco de impulsividad) como cuando me molesté contigo una madrugada y en la mañana llegaste a mi casa para resolver el problema, ellos no saben que me pediste matrimonio con aquel anillo que era de tu abuela, ellos no saben que sí me amaste, a tu manera, pero lo hiciste.
Por eso, gracias.
Me enseñaste que puedo dar todo de mi, pero que no puedo desgastarme por amar a alguien.
Me enseñaste que el amor no es celos, es confianza.
Me enseñaste que tengo que quererme a mi primero, luego viene todo lo demás.
Me enseñaste que no puedo dejar de lado a mi familia porque cuando los amigos se van, sólo quedan ellos.
Me enseñaste que tengo que ser independiente porque cuando acaba a lo que dependes, quedas a la deriva.
Me enseñaste tantas cosas al irte... Así que gracias. Por amarme (de una forma algo errada), por destruirme y abandonarme.
No me arrepiento, porque como ave fénix resurgí de las cenizas.