Recuerdo perfectamente los días en los que ansiaba despertar sólo para encontrar mil películas con temática navideña en TV. Mientras veía Ricky Rich o The Santa Clause escuchaba a mi mamá en la cocina o al teléfono haciendo todos los preparativos para la cena del 24 de diciembre.
Era una cena grandísima. Mi mamá es una persona increíblemente perfeccionista, así que pasaba mínimo dos semanas preparando la parte de la fiesta más importante para ella. Llegaban tías, primos, sobrinos, vecinos de nuestras tías, amigos de la cuadra, el señor que una vez nos ayudó a cambiar el caucho del carro e invitamos a cenar como agradecimiento, la señora que el año pasado nos regaló una hallaca y toda su familia también.
Debo admitir que no disfrutaba de esas cenas tanto como los demás. Amo las hallacas (aunque les saco las pasas y aceitunas, y bueno, todo lo verde), pero no tanto como para comer siete en una noche y seis más los días siguientes. Me gusta el pan de jamón pero incluso si le quito las pasas le queda el sabor, y bueno... Ew. Lo único que puedo salvar es la ensalada de gallina, el pernil y unos bollitos mi amor con te quiero mucho que siempre hace mi tía. Por otro lado, la parte más importante de la fiesta para mí—aparte de tener a toda mi familia reúnida, obvio—, eran los regalos. Y claro, Santa.
En mi casa no faltaba un plato de galletas y un vaso con leche debajo del Arbolito. Imposible. Eso era como fallarle a Santa. Era fiel creyente de que si no estaban las galletas y la leche al momento de su aterrizaje en mi casa, me dejaría malos juguetes. Y yo, que me quedaba despierta hasta las 12:00a.m justo para despertarme a las 2:00a.m y ver mis regalos, no podía permitir eso.
Mientras fui creciendo, las cosas importantes de las fiestas cambiaron un poco. Desde estar completamente obsesionada con los regalos hasta no importarme si recibía cada año un reloj distinto (Slow motion: esto de verdad pasa. Es como si todos creyeran que llego tarde a todos lados), desde sacarle hasta el alma a las hallacas porque no soportaba el sabor hasta sólo sacar las pasas, porque por más grande que esté, asco las pasas. Disfrutaba más de las cenas y conversar con la familia, jugar con los primos que nunca veía, lanzar fosforitos y triki-trakis mientras mi mamá me regañaba con el famoso "te vas a venir quemando, carajita". Después, me obsesioné con las decoraciones. Admito que todavía esto me queda, pues a mi mamá ya no le gustan y yo tengo luces guindando de la ventana de mi cuarto, porque no lo puedo dejar pasar.
Después entendí lo maravilloso que es caerse a curda con todos los primos, sentados en un banquito lo más alejado posible de los adultos, mientras decidíamos quién sería el elegido para tener su primera gran borrachera. Todo hay que decirlo para que nada quede por dentro: la elección no era nada democrática. Decidíamos horas antes la víctima de ese año dependiendo de cuánto nos queríamos reir y gracias al universo, de los tres años que nos duró eso, en ninguno fui yo.
Ahora, sólo me queda preguntarme: ¿Qué puede ser mi parte favorita de las fiestas?
Mi familia está dividida en el globo terráqueo. Aunque no le pongo mala cara a disfrutar de lo que pueda con quien sea que nos acompañe, no es lo mismo. Si algo he aprendido durante todos estos años es que diciembre es un mes de familia, de celebraciones. En mi caso, faltan más de la mitad de aquellas personas que lo convertían en el mejor mes del año, porque no importaba nada, todo se resolvía, si nos encontrábamos juntos.
Aún así, espero poder disfrutarlo. Espero tener la posibilidad de alegrarme por todos los que me faltan y apreciar a aquellos que tenga al lado en el momento. Y espero también, que así mismo los demás lo logren.
Te extraño, Navidad. Lamento que hayas perdido un poco el sentido en este rincón del mundo.