que la razón le sirva al hombre.
Hay una gran divergencia entre expertos y entendidos sobre qué es esa fuerza que nos mueve y nos insta a cometer actos sin pensar. En un tema como este, las ciencias biológicas deberían imperar, y sino, al menos delimitar el camino.
El instinto, para unos, es una cualidad meramente animal y es mucho más complejo que el deseo que pueda sentir un ser humano hacia una cosa (pulsiones según Freud), y para otros, el instinto pertenece a ambos, es el vestigio de la evolución (aún cuando es un proceso más elaborado, en el ser humano puede ser sinónimo de primitivismo, de bajeza, pues se ha comportado como un animal).
Dicho esto, nos centraremos en una de las obras capitales del escritor portugués José Saramago, Ensayo sobre la ceguera, para hablar un poco sobre el tema. En ella, una epidemia de ceguera se va extendiendo en la población y estos ciegos son hacinados en un antiguo manicomio, custodiados primero por militares y después, dejados a la buena de Dios.
Como si de un etólogo se tratara, José Saramago reúne/encierra a un grupo de personas que de alguna forma representan roles en la sociedad, un médico, una ama de casa, un hombre común, un ladrón, una prostituta y un niño. Partamos o aceptemos la primicia como algo simbólico, pues sabemos que el ser profesional no priva que alguien sea ladrón o se prostituya, o viceversa, son simples referencias para marcar diferencias en un mundo de ciegos.
Separados en dos alas, los ciegos por un lado y los contagiados por otro, verán (ironía no forzada) cómo, poco a poco, su humanidad se irá reduciendo teniendo que luchar por sus vidas en un ambiente que en sí ya era precario, la invidencia, lo elevará a su máxima expresión. La ceguera es una metáfora de la inconsciencia, de lo más primitivo en el Hombre, vivir por vivir, actuar sin importar las consecuencias propias y ajenas, si son mediatas o inmediatas. Lo necesario es triunfar, devorar o si no, uno será devorado.
Todo lo anterior es como ver a una jauría hambrienta, pelearán, ganará el más fuerte y se matarán. Situación que es muy bien representada pues, aún entre los ciegos, nace un colectivo que azotará a los otros ciegos, los humillará y robará solo por el hecho de hacer lo que los otros no se atrevían o ni imaginaban hacer porque, de alguna manera respetaban las reglas. La diferencia entre los animales y los seres humanos puede ser marcada cuando la inteligencia y la razón son llevadas de la mano aún, en las situaciones más oscuras.
Y esa inteligencia o razón está representada en la esposa del médico, que durante toda la narración es la única que ve, la que trata de soslayar esta situación, que si bien la supera, lucha por no dejarse vencer. Ayuda en lo que puede a un grupo de ciegos que, de alguna forma, se convierte en su familia. Les da de comer, los lleva al baño, los viste, busca la comida y evita que caigan en un abismo sea físico o psicológico. Se convierte en un pequeño foco de luz humana en medio de toda esa niebla de sinrazones.
Saramago, da a entender que el instinto humano, o sea, esas acciones egoístas y llenas de maldad no pueden ser contrarrestadas con lo mismo, pues lo que se genera es caos, y la posterior destrucción del uno y del otro. Al contrario, sugiere que sean la compasión y el sentido común los que le hagan frente, al tiempo que se vayan convirtiendo en costumbre y se transformen en instinto. Para el autor, el instinto en el ser humano tiene que ser la conciencia.