«¡Llevadme si lo deseas! ¡No importa cuanto os creáis que sois el dueño de la vida y la muerte! Para mi siempre seréis nada... ¡Nada! ¡Entiéndelo!»
Karus tomo su caballo, hacia el norte, cruzando montañas ríos y acantilados. Ya no importaba la profecía de Februus, su destino no iba a estar más ligado a esa banal leyenda. Si la quería, tendría que ir por ella.
En su viaje, Karus sucumbió ante el llanto, las voces de sus antepasados la atormentaban... ¿Y si realmente debía morir? No era justo, ¿Por qué ser predestinada a nacer para morir sin poseer una verdadera vida?
Desde pequeña le habían quitado todo: su familia, sus amigos, su identidad. Ya ni siquiera podían llamarla por su nombre, pero tenia un plan, si hay algo que Februus no sabia era el poder de la diosa Diana, su hermana, tan benevolente y poderosa, seria capaz de conceder el deseo que fuese siempre y cuando estuviese imbuido de pureza.
Más allá, en las cavernas, Karus encontró el altar de Diana, era hermoso, la majestuosidad que la representaba y la viveza de su amada naturaleza le rodeaba. Se podía sentir la vida.
«Nunca más me tendréis a vuestro merced Februus, el ciclo que os mantiene a mi familia atados como marionetas llega a su fin»
Sin pensarlo dos veces Karus se dejo ir, frente a ella un pozo de agua cristalina iluminaba brillantemente las paredes internas de la cueva, allí debía pedir su deseo, su libertad estaba cerca.
Un salto, solo eso bastó.
Diana había escuchado su plegaria y con ello, le concedió la única forma posible de preservar la vida que Karus anhelaba. Februus ya nunca más pudo alcanzarla, un mortal había conseguido cortar sus hilos.
"El viento lleva ahora consigo una nueva vitalidad. Karus soplaría eternamente, fundida en la corriente. Volando libre."
La historia es completamente de mi autoría.
Imagen de entrada extraída de pixnio cortesía de Joao Pacheco.