La noche fue completamente mágica, llena de pasion y calor en las frías noches de invierno. Clarisse, aún se encontraba dormida y el amanecer ya asomaba por la ventana de la habitación. Marcos, abandonó el hogar al dar las seis de la mañana, dejando una pequeña nota en la mesa: “Esta noche debe ser especial, mis padres vendrán de visita. Te presentaré como el amor de mi vida, tu mi prometida”.
Dieron las diez de la mañana, ya Clarisse se encontraba despierta y preparando todo para la cena con la familia. Limpiar, cocinar, ordenar, todo el trabajo traería sus frutos, compartir una noche especial no tenia precio.
— ¡¿Qué?! —Dijo Clarisse soltando el teléfono. ¡Voy enseguida!
A las seis de la tarde recibió una llamada desde el hospital militar, anunciandole que su esposo había recibido el impacto de una bala generado por un encuentro a las afueras de su trabajo. Las calles de Barcelona se habían tornado inestables desde las protestas iniciadas un par de semanas atrás. Clarisse sentía como su noche se derrumbó.
Ya en el hospital, pudo observar el rostro de familiares de Marcos, algunos conocidos, otros no tanto y pudo observar a un médico conversando con su suegra, Fabiana.
— Afortunadamente no afectó ningún órgano. —dijo el cirujano. Sin embargo debe quedarse en observación.
Clarisse no podía creer la situación, a pesar de que su esposo se encontraba bien aun pensaba en el hecho de haber estado la noche anterior con él. No pudo evitar pensar en haberle pedido que se quedara, mantenerlo entre sus sábanas blancas, juntos en la oscuridad. Ahora solo quedaba la opción de pasar las navidades que ya se acercaban, rodeados de un halo de depresión y tristeza que no favorecía las celebraciones decembrinas.
En su mente, Clarisse pensaba en todo lo ocurrido, tenía miedo: «¿y si no despertaba? ¿qué pasaría si ocurre una hemorragia? No pude decir que lo amaba...»
Aún no estaba superada la situación, no hasta que despertara, no hasta que estuviese bien.
Sin más, quedo dormida, acostada en el vientre de su prometido, esperando dejar todo sumido en un sueño.
Se hicieron las doce y las salas del hospital se llenaron de ruido, un ruido muy conocido y característico de las festividades, gaitas y parrandas. Clarisse despertó exaltada al mismo tiempo que observaba las fiestas tras la puerta de la habitación.
— ¿Qué ocurre? —se preguntó.
De un momento a otro la puerta se abrió y la habitación se llenó de personas. Allí estaban los padres, hermanos, primos y demás conocidos de la familia, llenos de presentes, comida y adornos.
— ¡Clarisse! —dijo la señora Fabiana al acercarse.
— ¡¿Pero qué pasa?! —grito Clarisse levantándose bruscamente de su asiento.
— Tranquila, siéntate y hablamos. —Contestó un señor mayor que bien podría ser el padre de su novio.
Rápidamente se sentaron, junto a mi, conversando sobre la situación, explicando el por qué de la celebración.
— Hemos decidido acompañarlos aca en el hospital. —dijo Fabiana. Si Marcos aún no podrá salir, pues nosotros podemos venir.
— ¡Alégrate Clarisse! —dijo el señor Rómulo, padre de Marcos. Nuestro pequeño Mar estará bien.
— Entiendo... —respondió Clarisse. Pero ¿Qué pasará con Marcos?
Lentamente una mano tomó la suya y Clarisse observó el rostro de un doctor quien la miraba fijamente.
— Señorita... —dijo él. Debe retirarse...
Diez meses habían transcurrido desde aquel hecho, meses en los cuales Clarisse continuaba redundando en aquella ultima frase que dijo a los padres de Marcos. Sus días se habían convertido en un martirio, viajaba casi a diario al hospital, se sentaba junto a la misma cama, luego iba al cementerio y observaba la lápida gris y fría cubierta de flores.
No quedaba nada, se sentía sola, sin poder decirle a su prometido: este es tu hijo, Diego.

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