Medusa
¿Por qué le siguen? ¡¿Por qué han de escucharle?! ¡Yo también merezco ostentar ese puesto!
Nanreol gritó enfurecida ante las decisiones del monarca, en su cabeza no había cabida para aceptar que una mujer de tan baja estirpe ahora tomara decisiones en nombre de su majestad.
Al rededor, los asesores y miembros del pleno reían ante su actuación infantil y poco profesional causando en ella una furia aún mayor. Miró al monarca quien con un gesto de desaprobación le pidió que se retirara. Nanreol cruzó el salón y salió tras escucharse el golpe seco de la puerta principal tras de sí. Había entregado años de su vida al servicio de la realeza y ahora se veía desplaza por lo que ella llamaba "una arpía pueblerina". Tenia que hacer algo y debía hacerlo pronto para volver a sentirse tan "amada y admirada" como antes.
¿Como estas Edea?
¡Señorita Nanreol! —dijo Edea haciendo una reverencia.
¡ja ja ja! Edea no debes inclinarte, eres la asesora del rey. —respondió entonces ella, aunque por dentro deseaba verla lustrando su calzado.
Lo siento señorita. —contestó la joven levantándose. — Es la costumbre, nunca pensé que su majestad me tomara en cuenta para tan ardua labor.
Edea era una mujer joven, fuerte y con un encanto casi antinatural, su mirada reflejaba bondad y calma, algo que a los ojos de Nanreol causaba asco. Desde el momento en que llegó al palacio las miradas se habían girado en torno a ella y Nanreol fue poco a poco desplazada de alguna forma, tanto así que el monarca quedó impresionado por el trabajo de la joven y la proclamó como su asesora. Nanreol no podía creerlo.
¿Y bien? —continuó Nanreol. — ¿Qué planes tienes para la gestión del monarca?
¡Oh! —exclamó Edea. — Tengo pensados varios cambios que pueden mejorar el abordaje hacia los ciudadanos y una mejor convivencia con ellos.
¿Cambios? —su cuerpo dio un estruendo y casi busco de escupir a la mujer frente a si. — ¿A qué cambios te refieres?
Participación. —contestó Edea. — Debemos buscar una mejor convivencia con los ciudadanos y brindarles una forma de sentirse a gustos con la gestión del monarca.
¡Pero los ciudadanos son simples plebeyos! —gritó Nanreol tras escuchar aquello. — ¡Su labor no es más que adorarle! ¿Crees que permitirles más interacción con el reino sirva de algo?
Su piel había tomado un color rojizo y la joven la miraba asombrada tras escuchar aquellos gritos. Nanreol no podía controlar el deseo de tomarla por su larga cabellera ondeante y colgarla de un ventanal del castillo.
Pues... —continuó Edea. — Pienso que nos debemos a ellos. Sin un pueblo no existe un rey. Inclusive he abierto espacios para que los grandes eruditos de la ciudad impartan su conocimiento. Creo que todos.
¡Patrañas! —interrumpió la mujer con un fuerte grito cargado de cólera. — Su labor es adorarnos, no vernos como sus amigos. Compermiso Edea.
Nanreol salió de aquel espacio y observaba todo a su alrededor. No se había percatado que ya existían cambios implantados por la joven Edea los cuales comenzaban a notarse: Nuevas personas ya estaban dentro del castillo y ninguna llegaba siquiera a mirarle, se sentía una completa desconocida. Detrás, escuchaba las voces de varios hombres y mujeres que exclamaban el nombre de Edea con un tono de sumo aprecio, algunos llegaban incluso a hacer una reverencia ante ella. Estaba asqueada y quería acabar con ese escenario, pero debía ser inteligente, debía hacerla ver como lo que era, una "arpía pueblerina".
¿Segura que harás el trabajo?
Déjamelo a mí.
Las semanas transcurrieron, ya hacía un par de meses que Edea se había convertido en la asesora estrella. El monarca estaba sumamente complacido y todo los miembros de la realeza aplaudían su labor, Nanreol en cambio, había sido despojada de la mayoría de sus funciones y se había convertido en una más de los miembros del pleno, siendo olvidada y vejada por el rey.
Muchas gracias su majestad por este gesto.
Siempre se puede cenar con mi asistente personal jovencita.
Edea compartía una cena con el monarca y miembros del pleno, se sentía nerviosa y halagada a la vez por recibir tal honor. Había dedicado cada momento de su vida para lograr estar en el castillo y nunca pensó que su esfuerzo la llevaría tan lejos. Se había conformado con ser una simple sirvienta pero en uno de sus recorridos el monarca la observó enseñando a los demás sobre cómo se podía aportar al crecimiento del reinado, acto que enseguida conmovió a su alteza y pidió la presencia de la joven en las audiencias.
Su alteza. —dijo Edea. — Pido permiso para retirarme.
Si lo deseas puedes hacerlo Edea. —contestó el monarca.
Muchas gracias.
Los demás presentes se despidieron de la joven con una reverencia, quien luego salió de la habitación unos segundos después. El monarca por su parte continuó la velada con los miembros restantes quienes hablaban del progreso que había llevado el descubrimiento de Edea. Nanreol estaba allí, pero por alguna razón ya nadie le prestaba atención.
¿Su majestad? —preguntó.
¿Qué ocurre? —respondió el monarca.
No creo apropiado que Edea continúe siendo su asesora.
¿Qué dices Nanreol? —preguntó uno de los presentes. — ¡¿Estas cuestionando las decisiones del monarca?!
Entiendo y respeto las decisiones del Monarca. Pero ¿Se han preguntado qué ocurriría si el pueblo se revelara y buscara tomar control del reino?
¡Calumnias! —gritó el Monarca.
¡Pero su majestad! —contestó Nanreol, levantándose de su asiento.
Cuando dejes a un lado tus emociones podrás plantearme la situación Nanreol, por ahora doy esta conversación por terminada.
Nuevamente la mujer se llenaba de furia y hacía una reverencia antes de abandonar el lugar. Era una simple sombra que vagaba por los pasillos del castillo, su voz ya no tenía el peso que alguna vez fue y debía acelerar sus movimientos para acabar con la joven Edea.
¿Tilen estás aquí? —la pregunto salió de los labios de Nanreol en la completa oscuridad de la aquella sala iluminada por una vela que tenía frente a sí.
¿Qué te trae por aquí? —contestó una mujer desde las sombras.
¿Que ha ocurrido con el trabajo?
Plantar un árbol requiere cuidar de su crecimiento, dotarlo de luz y darle la cantidad suficiente de agua. —respondió Tilen. — No muy lejos de esto se encuentra el poder desarrollar un plan maestro para despojar a alguien.
¿Has logrado algo? —esta vez Nanreol sonaba más tajante.
Tilen suspiro y asomó una leve sonrisa en su rostro antes de caminar hasta un mesón al fondo de la habitación. Tomó un pergamino y volvió hasta situarse frente a Nanreol.
Convence al rey de mirar el espectaculo que organizó Edea para dentro de dos días. —dijo esta tras entregarle el documento. — Todo estará listo para entonces.
Perfecto.
Salió de la recamara y cruzó el pasillo ahora iluminado por luz de luna. La sonrisa maníaca en el rostro de Nanreol se dibujaba tras leer cada parte de aquel documento. Si las cosas marchaban bien, sus sueños de grandeza y adoración volverían a ser como antes.
Bienvenidos sean todos. —Edea tomaba el podio y hacía reverencias ante los presentes. — Hoy, queremos homenajear a la persona que ha hecho posible este evento, este encuentro de eruditos y de grandes personas del pueblo. El monarca.
Aplausos y ovaciones se daban lugar en la ceremonia llevada a cabo en las puertas del castillo, miles de habitantes gritaban alabando al monarca y Nanreol observaba a su lado, aplaudiendo hipócritamente ante la actividad. Se preguntaba que había preparado Tilen y tenía que improvisar de acuerdo a la ocasión.
Sencillamente exquisito. —el monarca se deleitaba al ver tal organización y la alta participación de ciudadanos. — Edea lo está haciendo bien.
Si su excelencia.
Nanreol respondía de forma positiva a todas las palabras del rey y observaba ansiosa ante el momento preciso. Los participantes comenzaban a ubicarse en la tribuna y Edea se preparaba para presentar al primero de ellos.
Gracias nuevamente. —dijo. — Para comenzar esta actividad, queremos dar la bienvenida a sir Deben Selfa.
Nuevamente los aplausos resonaron en todo el lugar y un gran silencio se formó esperando la intervención del hombre, quien, ya hacía reverencia ante el rey y se disponía a pasar al podio, no sin antes observar directamente a Nanreol y dedicarle una sonrisa. Lo habia entendido, el espectaculo terminaria sin si quiera iniciar.
Gracias señorita Edea. —dijo sir Deben. — Y gracias a usted monarca por abrir este espacio al pueblo.
El monarca hizo un gesto de aprobación y continuó observando la situación.
Pues bien. —continuó el hombre. — Como historiador quería hablarles un poco de la historia de los monarcas y de cómo han llevado su maravilloso reinado, un reinado lleno de oportunidades, propuestas y tratados que han hecho del pueblo ignorantes.
Por un segundo las miradas se cruzaron entre miembros del pleno y entre los mismos pobladores al escuchar la última palabra, el monarca por su parte miraba a Edea y ella sonreía esperando que hubiese sido una equivocación. Nanreol sabía que no lo era y sus ojos casi salían de su cabeza al escuchar esa última palabra.
Borregos de un sistema corrupto. —continuo sir Deben. — ¿Qué no ven lo que hacen con nosotros? ¡Planean mantenernos ignorantes y abocados a su sistema!
El pleno entero estaba boquiabierto y el monarca comenzaba a cambiar de color con cada palabra. El pueblo por su parte miraba al hombre y dirigía una mirada entre furia y confusión hacia su alteza. El plan de Tilen no podía ser mejor, crear zozobra y odio hacia el rey representaría la caída de Edea.
Su majestad...
¡Silencio Nanreol! —exclamó el monarca. — Dejemos que Edea resuelva la situación, debe ser parte de la actividad.
Si su majestad.
Nanreol miró a Edea y observó cómo esta se encontraba tan confundida como el resto. El señor Deben había sido su descubrimiento más importante al ser un gran historiador y no entendía como ahora decía tales palabras, claro que ella no sabía el oro que Tilen había depositado en sus bolsillos para lograr cambiar el discurso y presentara el que ella había escrito para la ocasión.
¡Debemos ser nosotros mismos los gobernantes del y para el pueblo! —gritó el hombre levantando sus brazos.
¡Detengan a ese hombre! —el monarca se levantó de su asiento y pidió a los guardias que encarcelaran a Deben quien al escuchar tales palabras corrió entre el público perseguido por sus captores. La multitud enloqueció y la actividad estaba arruinada. Edea por su parte buscaba calmar la situación y casi pudo observar el momento justo en el que un tomate golpeó la cara del monarca.
¡Corrupto!
¡Traidor!
Palabras iban y venían y tuvieron que sacar a su majestad del lugar. El pueblo gritaba y peleaba sin saber exactamente qué había ocurrido que cambió su visión de la realeza. Edea corrió tras las puertas del castillo he intentó localizar al rey.
¡Su majestad!
El tono de voz de Edea ahora estaba saturado de tristeza, dolor y miedo. No sabia exactamente que había hecho mal y buscaba remediarlo de alguna manera.
Yo no sabía nada de esto. —dijo ella. — El hombre, el señor Deben...
¡Silencio! —gritó el rey.
Las personas presentes se giraron al escuchar tal grito y miraron la situación tras ellos.
Confíe en ti Edea. —continuó. — Confíe como nunca confié en nadie y ¿Así me pagas?
Permítame solventar esto...
¡No hay nada que arreglar! —gritó el monarca ahora más enfurecido que antes. — Habéis desatado algo que no podéis controlar más.
Los ojos de Edea se llenaron de lágrimas al observar al rey irse sin decir otra palabra. Aquello había representado el quiebre de lo que tanto había añorado, servir a su majestad, quien ahora cruzaba una última puerta y desaparecía frente a sí. Nanreol le siguió e intentaba ocultar su risa ante su inminente victoria. Tilen era una experta y se iba a merecer una gran paga por tal trabajo.
¡Nanreol!
¿Su alteza? —respondió Nanreol quien observaba al monarca apoyado del ventanal del salón real. — ¿En qué puedo servirle?
Lamento no haberte prestado atención. —respondió él. — Me habéis advertido al respecto y te he ignorado por completo.
Sus órdenes son más importantes de lo que yo pueda pensar. —contestó ella. — Además, no fue la culpa de Edea, ella solo.
¡Silencio! —gritó el monarca, viéndola con furia. — ¡Ni siquiera pronuncies su nombre!
Pero su majestad.
¡Esa mujer está muerta para todo lo concerniente al reino! —exclamó. — De ahora en adelante tu tomarás su lugar.
Pero monarca yo.
Está hecho. —sentenció el monarca. — Puedes retirarte.
Si... si su majestad.
Las puertas se abrieron y Nanreol salió de la sala. Tuvo que caminar muchos pasillos antes de poder reaccionar ante la situación y soltar una carcajada de victoria en la soledad.
Edea había sido sacada del camino y con ello las miradas volverian a centrarse en ella. Una vez más sería el centro de atención. Una vez más llenaria sus deseos de sentirse amada y adorada a costa de la felicidad ajena, al no poder ser ella quien buscará amarse a sí misma.
Relato original creado por mi persona. Espero les haya gustado.