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Sabía que no era exactamente mi casa, estaba otra vez en aquella mansión y caminaba escaleras arriba hacia la segunda planta. En esta oportunidad Marta no me acompañaba sin embargo no tenía miedo. Había algo en todo aquello que me causaba cierta paz, como si algo o alguien me invitara a pasar y yo muy tranquila me dejaba llevar mar adentro por aquellos escalenos rechinantes y ahora perfectamente limpios y brillantes.
— ¡Oye detente! —sabía que hablaba pero por alguna razón el hombre frente a mi seguía avanzando y se perdía al ingresar a una de las tantas habitaciones que daban lugar a la segunda planta.
— ¡No vengas aquí!
— ¡Puedo ayudarte!
Corrí lo más que pude pero el pasillo se hacía cada vez más largo. Daba pasos incesantes intentando acercarme a aquel pomo iluminado de la puerta. Del otro lado provenía la voz de un hombre pero me era imposible el llegar allí. Para cuando me di cuenta ya estaba despierta otra vez.
— ¿Estas bien? —mi madre estaba sentada junto a mí en la cama, parecía preocupada. — Me has dado un susto con tantos gritos.
— ¿Gritos? —no entendía a qué se refería exactamente pero sí que algo había pasado. La cama estaba empapada en sudor. — Debe haber sido una pesadilla.
— Debes dejar de acostarte tan tarde, no creas que no me di cuenta a la hora que llegaste anoche.
— Lo siento ma…
— Anda, vístete. El desayuno está listo y son las ocho. No esperaras llegar tarde al instituto otra vez. Te amo, ya me voy.
Era poco lo que conversaba con mi madre últimamente. Entre el trabajo, la abuela y los continuos problemas que le ocasionaba Derek, mi hermano, era difícil pasar tiempo de calidad con ella, ya estaba acostumbrada.
Mire la hora, 8:32. Me levanté de la cama y corrí al baño a cepillarme y darme una ducha rápida; al salir, me di cuenta que había dejado aquellas partituras sobre la mesa, casi olvidaba que estuve toda la noche dando vueltas para intentar completar la letra de aquella canción pero era difícil considerando que hacía tiempo que no componía y la mayoría de canciones que tocaba actualmente en el piano las sabia de oído.
Escuché que tocaron a la puerta de la habitación y vi la silueta de Derek asomarse sin si quiera avisar.
— ¿Nos vamos ya? —dijo, percatándose que me encontraba aun con el paño encima. — Oh, lo siento. Te espero abajo.
Ni siquiera me dio tiempo a responder. Derek y yo vivíamos mundos muy separados. Él era el típico chico popular en el instituto, rodeado de amigos y siempre metido en problemas por su carácter tan volátil, sin embargo siempre había estado allí y sacaba tiempo para charlar conmigo al menos cuando íbamos de camino a clases.
Me puse una blusa blanca, el jean negro por reglamento y acomodé mi cabello solo un poco. Miré la hora y ya el reloj marcaba casi las 9:00. Tomé las partituras y salí de la habitación. Al bajar las escaleras ya mi hermano estaba tomando su bolso para irse sin mí.
— Tardas demasiado Luna. —dijo, acto seguido cogió las llaves de la mesa junto a la puerta y salió de la casa. — ¡Apresúrate o te dejo!
— ¡Voy voy! —tomé yo también mi mochila e introduje en ella la carpeta con las partituras. — Listo.
— Vamos pues.
Para ser tan temprano, el día ya estaba caluroso afuera. Derek comenzó a hablarme de cómo había salido con Susie, una de sus compañeras de último año y yo no hacía más que reprocharle y reírme por su forma tan sínica de pasar de una chica a otra cada semana, a mí el simple hecho de pensar en tener un novio me daba miedo y más si me tocara uno como él.
— ¡Lunaaaaaaaaaaa! —escuche la voz de alguien tras de mí, al girar la cabeza ya tenía a Marta encima abrazándome. — ¡Ni un mensaje para saber si llegaste bien anoche! Me tenías preocupada. ¡Hola Derek!
— Hola. —Derek apenas la saludo como ya acostumbraba y se adelantó a paso rápido para entrar al instituto que ya teníamos en frente.
— Tu hermano nunca va a cambiar.
— Hola Marta ¿Cómo estás? Yo bien, me alegra. —me zafe como pude y le dedique una sonrisa sarcástica mientras acomodaba nuevamente mi blusa y mi cabello. — A ver si dejas de aparecer así. ¿No estabas enfadada anoche? Por eso no llame.
— ¿Enfadada? No mujer. Solo que a veces no haces caso a la intuición femenina.
— Si tú lo dices…
— ¡Vamos que es tarde!
Entramos al instituto y corrimos hasta las aulas. A estas horas tocaba historia, no me preocupaba mucho llegar tarde ya que el profesor Doménico era muy bueno conmigo y durante los tres primeros años había quedado encantado con mi desempeño en la materia.
— ¡Señor Michel! —el profesor se giró de la pizarra y observo como uno de mis compañeros se reía y conversaba indiscretamente con otro de ellos. No es que el señor Doménico no permitiera el habla en clases pero Michel siempre entregaba los trabajos tarde y pasaba horas sin hacer nada en los pasillos. — Por favor pase al frente y léanos su trabajo sobre la segunda guerra mundial. Imagino que es de eso que conversa tan afable con el señor Diego.
— Lo siento profesor. —respondió Michel sentándose correctamente en su asiento y abriendo su cuaderno. — Es que aún no lo he terminado.
— Pues recuerde que solo quedan dos semanas de clases y espero tener ese ensayo en mi escritorio más tardar el martes próximo. Lo mismo va para el resto. Ahora bien, referente al tema hoy hablaremos sobre la participación de Estados Unidos en esta guerra después del ataque a Pearl Harbor.
Tome mi libro de Historia y comencé a seguir la clase como de costumbre pero en mi mente volvía a recordar aquel sueño y miraba mi mochila pensando sobre que tanto estaría conectado aquello con esas partituras.
— Tengo cansancio cerebral. —Marta tomo sus cosas y salió del aula, junto a ella yo iba como flotando. Apenas y prestaba atención a lo que decía. — Deberíamos de ir por un helado o algo ¿No te parece?
— Sí. —dije. — Aunque quisiera hacer una cosa antes.
— ¿Qué cosa?
Mire con cara frívola a Marta y ella levanto su ceja como acostumbraba a hacer justo antes de caer en cuenta sobre que estaba pensando yo.
— ¡Ah no! Ni creas.
— ¡Solo un momento! Además —miré el reloj y daba las 12:15. — Si vamos de día podremos comprobar si efectivamente vive o no alguien allí.
— Estas loca Luna, anoche casi muero de un susto en ese lugar
— ¡Solo será un momento! —le hice gestos y espere su respuesta pero ella no hacia más que elevar la ceja en sentido de desaprobación.
— Si no fuese por el reto de Rouse ni siquiera hubiésemos tenido que ir allí en primer lugar. —Marta camino rápido hasta la entrada del instituto y se detuvo en seco al ver el carro de su madre en frente. — Salvada. Tengo que irme.
— ¿Qué ocurre? —pregunté extrañada.
— Olvide decirte que mis abuelos vienen hoy. —dijo, acto seguido subió al coche de su madre y se despidió. — ¡Mañana iré a tu casa! ¡Puedes decirle a tu madre que prepare algún postre!
— ¡Vale! ¡Nos vemos!
El auto acelero y cruzo a la izquierda en la primera avenida. Mire el reloj nuevamente, 12:30. Si quería descubrir algo tenía que ir a aquella mansión nuevamente, por tanto, caminé con paso rápido, crucé la primera avenida, giré a la izquierda, luego la derecha en la segunda y caminé cinco cuadras al norte. Las calles estaban desoladas, a esta hora la mayoría de personas aún debían estar en clases o trabajando, en el caso de los adultos.
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La mansión se veía más simple. Aquel halo de misterio se había desaparecido y parecía una simple casa abandonada por el tiempo, sin embargo Marta podía tener razón y alguna persona podría vivir allí, quizás un indigente. Tomé mi mochila fuertemente y me llene de valor para ingresar en ella. Mire a los lados por si algún coche o persona pasaba; no había nadie. Levante la tabla floja que cubría un agujero en la pared de la cerca y me adentré rumbo a ella.
— ¿Hola? —dije, al abrir la puerta principal y percatarme que la misma seguía sin seguro como la habíamos dejado. — ¿Hay alguien?
Sin respuesta. Los papeles regados por todos lados, las telarañas, el moho, todo lo que habíamos visto la noche anterior seguían en el mismo lugar. Miré la escalera y recordé el sueño, un escalofrió recorrió mi espalda pero por alguna razón no tenía tanto miedo como pensaba. Paso a paso fui subiendo la escalera, la cual, rechinaba suavemente con cada pisada.
— ¿Hola? —en el piso superior no había nada fuera de lo normal, sin embargo me encontraba asombrada al ver que era exactamente igual que en mi sueño. — ¿Hay alguien acá arriba?
El viento ingresaba por las ventanas sin cristal y atravesaban las habitaciones sin puertas, completamente vacías. Una a una se sucedían por aquel largo pasillo y un escalofrió volvía a recorrer mi espalda a ver la similitud tan exacta de aquel sueño. Caminé hasta el final del pasillo y me paré en seco frente a una habitación que se mantenía aun con una puerta.
— Es exactamente igual.
Acerque mi mano hasta el pomo y acto seguido lo giré, la puerta se abrió sola, empujada por la brisa y mi corazón casi da un tumbo al escuchar el golpe seco contra la pared. Cerré los ojos petrificada de miedo pero al abrirlos mi corazón sintió una calma entregada por la sorpresa de lo que en esa habitación había.
— ¿Qué hace aquí un piano? —me pregunté, observando como en la habitación el instrumento se encontraba en una esquina, cubierto de polvo y acompañado por una tenue luz que ingresaba por la ventana desecha.
Era encantador pensar que en esta vieja casa existió un músico pero a la vez era triste ver como algo tan importante era abandonado sin más. Me acerqué y pude constatar que no se encontraba en un mal estado: sus teclas seguían completas, los pedales y las patas también se veían bien, quizás por dentro tendría algún problema en las cuerdas o en el bastidor pero no era algo que importase mucho a estas alturas de su abandono.
— ¿Y esto? —En el asiento frente a él había una hoja amarillenta y con varios símbolos encima. — So… sone… Sonata. ¿Otra partitura?
Justo en ese momento un estruendo se escuchó en la otra ala del pasillo y mi corazón dio otro vuelco. Me escondí tras la puerta y logre ver como una sombra se daba camino por el pasillo, cerré los ojos aterrada y rogué a dios que no fuese ningún ladrón o mal viviente, sin embargo una melodía tenue se fue dando abasto e inundando la habitación y pude percatarme de los acordes disonantes del piano. Abrí los ojos y escuche la melodía tan perfecta pero justo en el momento qué, impulsada por la curiosidad, me asomé a ver quién tocaba, no había nadie.
— ¿Hola?
La habitación estaba vacía, me asome al pasillo y estaba igual de vacío. Era imposible que alguien desapareciera tan rápido de allí sin siquiera hacer ruido. Un nuevo escalofrió recorrió mi espalda y como si no hubiese un mañana salí de la habitación, corrí escaleras abajo y atravesé el umbral de la puerta principal para alejarme de aquel lugar.
— ¿Hola? —tomé el móvil y llamé a Marta mientras caminaba lejos de aquella mansión. — ¡Marta necesito que mañana llegues lo antes posible a casa!
— ¿Pero por qué? —dijo ella, al escuchar mi voz agitada. — ¿Paso algo?
— No sé cómo explicarlo, esa mansión oculta algo y me tienes que ayudar a descubrirlo.
Y colgué. No di tiempo a Marta de responder. Tomé el primer autobús que vi pasar y lo abordé lejos de aquel lugar. Lo que sea que había visto, lo que sea que había escuchado tenía que averiguar que era y Marta me tendría que ayudar.
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