Disfruto el aroma del café en este lugar, siento que me enamoré de él, quizá no a primera vista, pero si al primer olfato, si puede decirse. Estoy sentada en lo que me parece es el centro del espacio, rodeada de sonidos que producen, sin darse cuenta, una hermosa sinfonía entre la sección de cristales, susurros, campanas, vapores, dirigidos al ritmo de la registradora. Tomo mi último sorbo de café, es momento de marcharme, tiempo de regresar a la realidad. Sujeto tu arnés, puedo sentir como te levantas, muchas veces me pregunto si habrás estado dormido o si estarás siempre atento a lo que te rodea. Ahora para ti ya nada de eso es importante, estás trabajando, me guías. Salimos cuidadosamente de aquel lugar suspendido en el tiempo, tú vas adelante con un paso constante, firme. Mientras avanzamos por la avenida, lentamente nos vamos acercando a ese aroma dulcito tan peculiar del puesto de empanadas de don Julio, quien nos saluda con gran entusiasmo cada vez que pasamos por allí, no comprendo cómo no puedes delirar con el olor e inmutable sigues caminando. Más adelante escucho las risas de los niños, el chillido de los columpios y la rueda al girar, te detienes, sabes que me gusta permanecer allí, contagiarme un poco de su alegría e inocencia, cómo me gustaría poder verte jugar entre ellos y que no estuvieses todo el tiempo atado a mí. Continuamos el recorrido, ambos sabemos que una persona muy especial nos espera, caminamos un poco más rápido, ya debemos estar cerca de tu lugar favorito, lo sé porque discretamente aceleras tu andar. Después de unos pasos, percibo la esencia de las gardenias, los tulipanes, las rosas, los nardos y los jazmines de la señora Margarita, a quien le compramos todos los días una orquídea. Ella te saluda y acaricia por un momento, luego se despide, sabe que debemos seguir. Esta es la última parte del trayecto, quizá la más solitaria para ambos, ya que sólo escuchamos el ruido de los carros al pasar, no hay personas ni tiendas, lo único que existe es la sensación de pesadez al saber que llegaremos a nuestro destino. Estamos aquí, no lo podemos evitar, atravesamos las puertas y nos dirigimos al final del pasillo, tomamos el ascensor, deslizo mis dedos sobre el tablero, ocho pisos de distancia nos separan de ella en este momento. Nos detenemos, hemos llegado, avanzamos lentamente al cuarto y nos colocamos frente a su puerta, giro con dificultad la perilla mientras escucho el sonido pausado de su electrocardiograma, cruzo cabizbaja el marco de la puerta, sé que está inerte, prácticamente es un vegetal, pero no importa es mi mamá. Suelto tu arnés, es un buen momento para descansar. Coloco la orquídea sobre la mesa, me siento, saco de mi bolso un libro y con ternura deslizo mis dedos sobre él para leer en voz alta, mientras la espero todos y cada uno de mis días.
Zirolda.