Hola amigos de Steemit, infinitos mundos y posibilidades caben en el alma de quién deja que la creatividad sea su dueña, aquí vamos en esta gran comunidad compartiendo lo creado, lo vivido, lo soñado, hoy traigo para ustedes la serie de cortos “El confesionario”, una serie hilada en muchas historias donde mi mente se ha explayado en plasmar en palabras lo que he imaginado. Espero las disfruten.
Para que puedas seguir la historia te invito a leer:
Confesión No.8
Y llega el día en que estás frente al espejo, sólo tu y lo que realmente eres, y nada en este mundo puede ayudar a esconderte de tu verdad.
Caminaba de un lado a otro por el pasillo de la iglesia, respiraba profundo frotándome las manos, mis sentidos estaban agudizados y sentía que los ojos de todos los santos estaban puestos en mí.
Lo que estaba a punto de ocurrir tenía sentido para mí, para nadie más.
Decidido abrí la puerta de la iglesia y salí caminando por la calle principal hasta el almacén del pueblo, toqué la puerta como quien no quiere que le abran, tal vez un poco de miedo corría por mis venas.
Les confieso: “ese fue el día más hermoso y doloroso de mi vida, allí estaba la persona que me ayudaría, sin emitir palabras nos fuimos hasta el lugar donde realizaríamos lo planeado. Llegamos y acomodamos el lugar, realmente todo se veía hermoso, hasta las flores silvestres que se parecían tanto a ella, mi Luisa.
Esperamos pacientemente hasta que a la hora pautada escuchamos que tocaban la puerta, y allí iniciaba el fin de mi inocencia; sentí los pasos acercarse a la habitación y una risa nerviosa que la caracterizaba, cada detalle había sido planificado con total precaución, así que poco a poco mi alma fue entregándose a lo que tenía que vivir.
La luz de las velas hacían que su figura se viera casi mística, y ella estaba estática, temblando, esperando que unas manos la llenaran de caricias, vendados sus ojos, su boca perfecta que deseaba ser besada. Con lentitud me quité la sotana, tirando en el suelo todas mis más profundas creencias.
Me acerqué a Luisa lentamente, mi nariz iba recorriendo su cuello y fui aspirando su olor casi divino. Sentía como ella temblaba entre los nervios y el placer, quería disfrutar cada centímetro de su piel, así que con ternura pero con decisión la tomé por su cuello y comencé a besarla lentamente, mordiendo sus labios suavemente; para luego sentir como ella se entregaba en un beso profundo donde nuestras lenguas querían expresar más de lo que se puede, fui quitándole poco a poco el vestido que llevaba puesto hasta que quedó completamente desnuda ante mí, solo sus ojos vendados; mi cuerpo quería explotar, sentía que era un lobo hambriento a punto de devorar a su presa. Respiré y decidido a vivir con calma mi más deseada experiencia, la senté con delicadeza a la orilla de la cama, allí mis manos comenzaron a acariciar sus muslos y con una intensidad que jamás había experimentado, los fui abriendo poco a poco hasta que quedaron totalmente separados ante mí, mostrándome todo el tesoro que seria mío por fin, me arrodillé ante su ser y allí comencé a llenar de mis besos todo su sexo sagrado, mi lengua sentía que por primera vez tenía el sabor en sus papilas de algo más que exquisito, disfruté cada parte de su sexo húmedo hasta hacerla gritar de placer, poco a poco fui recorriendo con mis besos todo su cuerpo hasta tenerla junto al mío, y como quien tiene una corona perfecta la penetré con total pasión al punto de que a ambos nos salían lagrimas. El tiempo se hizo eterno mientras sus caderas y mi pelvis se fundían en una danza perfectamente sincronizada, gotas de sudor se mezclaban junto a los sonidos que nuestras gargantas emitían, sólo sonidos, nada de palabras, esas sobrarían, movimientos infinitos donde mi sexo se hundía una y otra vez en ella, hasta que ambos explotamos de placer llegando al clímax de nuestros más temidos deseos. Poco a poco fuimos recuperando la calma, abrazados bajo la luz de las velas, con lentitud me fui desconectando de su ser y tuve que separarme de la mujer que más había amado en mi vida. Ella estaba relajada, yo la veía ahora desde lejos, escondiéndome detrás de la puerta para volver a colocarme mis atuendos.
Allí escuche a Alberto (el muchacho de la tienda) decirle que ya podía quitarse la venda de los ojos, desde mi escondite pude ver como ella lo miraba con emoción, y él la invito a salir de allí para llevarla a su casa.
Un sentimiento de profundo vacío llenó mi alma, allí iba mi amor, a quien había poseído de una manera casi mágica y ella iba creyendo que era otro hombre con quien había estado. Tan grande mi cobardía cómo mi amor por ella.
Una y otra vez en un cuarto de la Iglesia de Santa Clara se repitió este escenario, una y otra vez la amé y la tuve entre mis brazos por más de 20 años… Hasta que llegó ese día en que tuve que dar el paso para acabar con todo lo que yo mismo había iniciado…
Ya casi termina mi historia, una historia de pecados humanos, porque eso es lo que somos, aunque tratemos de taparlo con sotanas, creencias que nos marcan, y que no nos absuelven jamás. Atte. El Padre Andrés.
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UN ABRAZO