Oseas 2:14
Es natural escuchar a un cristiano decir: Estoy pasando por un desierto, cuando esta atravesando una dificultad ... ¿Acaso es esto malo? Muchos pasamos gran parte de nuestras vidas en el camino del Señor, pensando que todo debe ser color de rosa; creyendo que si algo nos sale mal es porque estamos en pecado o nos falta fe, pero la realidad no es así.
La Palabra dice que nuestra fe ha de ser probada como el oro, ha de pasar por fuego; pasado esto se revelará que tan fuerte podemos llegar a ser (1 Pedro 1:7). La Biblia esta llena de incontables historias, de personajes que como tú y como yo atravesaron problemas y dolorosas situaciones.
¿Quiere esto decir que Dios no los amaba o que estaban en pecado? No necesariamente.
En la vida cristiana “El desierto” no es solo sinónimo de pruebas y dificultades, su significado y relevancia para la fe misma va más allá de nuestra limitada perspectiva.
En el desierto estuvieron los hijos de Israel tras ser liberados del yugo egipcio (Éxodo 13:17-18,20); en el desierto estuvo David huyendo del Rey Saúl (1 Sam 23); al desierto fue llevado el mismísimo Jesús para ser tentado por satanás (Mateo 4:1-11).
Estos personajes bíblicos literalmente estuvieron vagando por zonas áridas. Si nos imaginamos el panorama puede ser bastante desalentador, el solo vernos en una situación similar produce un sentimiento de angustia y soledad; pero ellos no estaban solos.
En el desierto Israel conoció el poder y protección de Dios hasta que fueron introducidos en la tierra prometida (Éxodo 13:21-22; 16:4); en el desierto anduvo David mientras huía de las amenazas de muerte por parte del Rey Saúl, reconoció que Dios guardaba su vida, produciendo en él una fe fortalecida (Salmos 63); tras 40 días y 40 noches de ayuno y las tentaciones de Satanás en el desierto, Jesús regreso a su tierra fortalecido para iniciar su ministerio con señales y prodigios (Lucas 4:14).
Qué es pues el desierto, sino un periodo en el cual comprendemos que todas aquellas situaciones que escapan de nuestras manos, tienen su solución bajo el cuidado de nuestro Dios. El desierto es ese lugar donde somos expuestos en toda nuestra debilidad; para así conocer cuan fortalecidos y abrigados podemos estar bajo la protección de nuestro padre. El desierto es ese lugar de intimidad donde toda nuestra dependencia recae en Dios y somos transformados tras una renovada fe.
En el desierto Dios habla a nuestro corazón y nos enseña que jamás estamos ni estaremos solos. En tiempos de abundancia y felicidad no olvidemos lo aprendido, no olvidemos el susurro de nuestro padre. Si miramos atrás que sea para recordar sus proezas y promesas.