Qué frágil mi vida a veces y qué cruel la muerte de no tenerte, que ha venido a burlarse de mi vacío de ti y a probar que puede con lo más fuerte que existe en el universo: nosotros, los desquiciados, los que jugamos a ser poetas, los adictos a los cielos azucarados y a las montañas escondidas, los que descansan rodeados de yerba y sueñan con cantar cada día, mientras persiguen la risa como los colibríes a la primavera.
Qué debilidad la de mi cuerpo y qué insistencia la de tu ausencia, que ataca arrojando una a una las flechas que señalaban a la felicidad de tu piel, que pretende llenar de polvo inerte y tierra yerma las lágrimas de sal que salen como un canto amargo desde mis cuencas, una melodía líquida que es triste y se parece a las piezas que componen las estrellas a punto de morir, como la compasión que piden las víctimas y nunca los culpables.
Qué pequeña mi media luna sin la tuya y qué grande el espacio sordo y el tiempo mudo que ahorca con sus manos ciegas un vacío que debe ser vaciado y envasado para que no exploten mis venas.
Y paralelamente, tu sonrisa desde otra galaxia llueve en todos estos ahora donde no existes, tu sonrisa que hace del dolor una pelota que gira a la luz que tú quieras, en este abril terrible que no permite cosquillas tras los abrazos...
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