Para A
Un atardecer habría bastado, -¡No!, un instante habría bastado- se corrigió a sí misma. Mientras escribía su carta, intentando entrelazar la física con su poesía. -Siempre, juntos en ese atardecer, como congelados en ese momento... - Siempre– repitió para sí misma, y pensó: -el tiempo de Einstein, tan romántico y triste…-
Evidentemente estaba recordando las implicaciones de las teorías de su poeta favorito; a la vez que evocaba sus palabras:
“Quiénes creen en la física, saben que la distinción entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión obstinadamente persistente.” (A. Einstein)
El príncipe de Persia dijo: "Casi todos creen que el tiempo es como un río que fluye seguro y veloz en una sola dirección, pero yo le he visto la cara al tiempo y os puedo asegurar que están equivocados. El tiempo es un océano en la tormenta."
-Un océano en la tormenta...quizá antes... quizá antes del tiempo relativista.- Sabía que cada instante no es más que una coordenada en el continuo del espacio–tiempo, en el cual están fijados todos los eventos físicos del universo, existiendo por siempre. Y continuó: -El tiempo es un río congelado, en el cual los instantes son eternos.- Ella, familiarizada con las teorías de Einstein, con el determinismo laplaciano, con el multiverso cuántico; tenía suficientes ideas para elegir; perpetuidad en algunas, fugacidad en otras… la inevitabilidad e irrelevancia de haberse conocido se vislumbraba en alguna otra. ¿Cual de ellas exaltaba más ese encuentro? Siempre le fue posible imaginar un consuelo ante la inevitable separación, ante lo que no pudo ser, lo que al final no fue correspondido… -¿Fugaz o eterno qué importa?, si en ese instante viví en tu mirada- finalmente escribió. Dobló la carta y la guardó, sonreía, pensaba en que bien fuera el correo o el fuego de la chimenea, ambos podían esperar un día más.
D
Fuente Imagen: https://www.pexels.com/photo/silhouette-of-couple-in-a-sunset-view-59059/