Miré el teléfono para saber la hora. El reloj marcaba las doce y tres minutos de la tarde cuando decidí irme a casa. El ambiente resultaba tenso y percibía un peso en los hombros que dificultaba que me concentrase en la actividad que debía hacer. Sentía un dolor de cabeza muy fuerte que aumentaba cada minuto y las ganas de estar en ese lugar se hicieron nulas. Guardé mis materiales para retirarme con sigilo, quería evitar la mirada acusadora de la profesora y de mis compañeros de clases.
Caminé por la acera con destino a la salida de la universidad. Quería alejarme de ese salón lo más rápido que pudiera. Sabía que me libraría solo por un día porque al siguiente debía volver. Un compromiso que me torturaba la mente, el espíritu y mi tranquilidad. No se trata de flojera o que no me gustase estudiar, se trata de que no quería pasar el resto de mi vida dedicándome a algo que no me gusta.
La acera estaba desierta, salvo por mí. Ya había llamado a mi hermano para que viniera a buscarme y aunque mi casa quedaba bastante cerca de la universidad, le tomaría diez o quince minutos llegar. Salir al frente tampoco era una buena idea, quería evitar las preguntas incomodas típicas de mis compañeros. El bolso que llevaba para guardar mis útiles estaba pesado, sumado a esto, tenía la caja donde llevaba los componentes que utilizaría ese día. El cansancio y el calor no es una buena combinación, por eso opté por sentarme en el borde de la acera debajo de un árbol que daba poca sombra.
De repente sentí un cosquilleo en la mano, volteé rápidamente y me fijé en que una hormiga caminaba por ésta. Yo estaba obstaculizando su camino. Quité la mano por si llegaban más de sus amigas porque no deseaba estar sacudiendo el brazo todo el rato. La seguí con la mirada hasta que entró en un hormiguero cercano.
Tomé dos pellizcos de arena y los deposité en la entrada del hormiguero, ésta se coló adentro y la perdí de vista. Las hormigas tardaron poquísimos segundos en responder, apareció primero una sacando un grano de arena, luego otra y otra. Pronto se sumarian más de una docena. Cuando habían pasado poco más de un minuto, las hormigas se habían triplicado. Todas intentaban desesperadamente sacar eso que rompía la armonía de su hogar.
De todo esto saqué una reflexión. Existen situaciones que, por mucho que intentes evitar, simplemente pasan y te cambian la mente. A pesar de que fue una tontería, cuando te sientes desanimado y triste sientes todo con más intensidad y puedes entender a que se refería esa frase cliché que leíste en una publicación de Facebook que compartió tu tía.
Tu eres un hormiguero y la vida es la arena en la entrada. Recibir ese ataque puede hacer que reacciones de dos formas: 1) Que te quedes sin hacer nada a esperar que la arena te ahogue o 2) Como las hormigas, intentar sacar la arena. Si eliges la segunda, entonces debes concentrarte en ese trabajo. No necesariamente debes sacarlo de una vez, pero si debes de enfocarte en sacarlo. Puede ser uno a la vez, o dos o tres, pero siempre ten presente que no se trata de una carrera. Tomate tu tiempo, no intentes llevar una carga más pesada de la que puedas soportar.
Existen momentos donde nos enfrentamos a duras pruebas que moldean nuestro carácter. Podemos llegar a deducir bajo qué circunstancias sentirnos acorralados y como respondemos ante estos impulsos. Puedes ser fuerte, puedes cambiar y ser mejor. Tomar mejores decisiones, aprender de tus errores.
Ahora, si eliges la primera (te quedas sin hacer nada), entonces te deseo mucha suerte.