Como si llevaran una cruz a cuesta, van caminando con tanto silencio y soledad en sus almas que parecen zombis sacadas de una película de bajo presupuesto. Ojos inquisidores las observan tras los postigos de las ventanas… esperando. Les temen porque muchas son mujeres distinguidas y prominentes que con su contribución han levantado la iglesia y algunas escuelas, pero esto no es obstáculo para que las lenguas no dejen de moverse dentro del paladar.
A lo lejos la Solitaria las ve venir y, diligente se esconde. No puede dejar de sonreír pensando en la tremenda sorpresa que se van a llevar. Esta noche esta para asustarnos, para saborear aquella sidra que siempre quisimos escancear en una fina copa de cristal.
Arropada por las tinieblas de la noche las observa titubeando ante las puertas de la iglesia. Tienen miedo, huelen el miedo, sienten el miedo, el miedo levanto un muro invisible y poderoso, pero su santidad es más poderosa y lo vencerán.
Tú eres las más pía, le dicen a la que lanzaron por la quebrada llena de inmundicias, iras primero y abrirás el camino. Pero tengo miedo, gime apretando el rosario contra su pecho tembloroso. Bendito Dios, le recriminan, tú eres la gloria, que desde el cielo ve a los mortales. ¡Que miedo ni qué coño, dale!
La animan con un empujón que casi cae de bruces en el piso de granito frío como la muerte. La puerta comienza a abrirse y todas retroceden espantadas. Un fuerte olor a cementerio emana de su interior. Un vaho inquietante las envuelve, las atrapa en su intento por huir. La mas pía siente una mano que tomándola por la nuca la introduce en las fauces de aquel recinto que tanto conoce y que ahora tanto teme. Un eco retumba en su cabeza, son los pasos de sus compañeras que le pisan los talones. Continúan empujándola pero el piso esta pegajoso y el olor es irrespirable. ¡Esto es sangre!, casi gritan , busquemos unas velas, ustedes dos busquen en el altar mayor.
Nadie se mueve. Ojos ocultos observan, labios mudos hablan, oídos sordos escuchan.