
Bienvenidos nuevamente a otra participación en el concurso de Fotocuento, que semanalmente organiza la amiga
Hive account@rahesi, la cual puedes ver aquí
Todos los días camina hasta la plaza del pueblo para ver la inmensa ceiba que se enseñorea y deslumbra a todos. De lejos se le ve, altiva y majestuosa. Él la mira y antiguos recuerdos llegan a su memoria. Extraña a su hija Teresa y se siente empujado a ir a verla. Con poca maleta y grandes emociones se despide de su tierra. Un viaje largo y agotador va mostrándole diferentes caminos, algunos paisajes sombríos, le desentierran escenas idas, otros, más coloridos le anticipan el recibimiento.
Al llegar su impresión fue mayúscula, era un ambiente de sosiego, un aire limpio, le remontó a inefables momentos de infancia en su tierra natal, remozó sus antojos de conocer tierras nuevas y se contentó de estar allí. El cielo transparente, y el azul tan intenso del lago le obligan a agradecer la propia existencia. Le costó despegarse de ese lugar de gracia, caminó por soleadas calles, siempre atisbando la mágica presencia, era un afortunado, se dijo, por poder participar de ello, pero su hija lo era también por vivir allí.
Un frío y corto abrazo lo volvió a la realidad. Ella trabajaba, sus horas estaban agendadas y ocupadas con anticipación: papeles, teléfono, computadora y gente de sobrios trajes la requerían constantemente, mientras tanto, él esperaba que ella atendiera sus asuntos, presurosa y diligente. Una semana había pasado y había sido imposible intercambiar más de tres conversaciones completas, apenas compartieron un desayuno. Era inconcebible, tan comunicativa y vital que había sido siempre para lo humano, para lo hermoso, estaba ahora convertida en un robot de etiqueta.
¿Estás viva?, le preguntó antes de despedirse, ella lo miró sin comprender, pero él solo se acomodó su breve equipaje. Se detuvo a divisar el hermoso lago, y ella al ver nuevamente el perfil de su rostro, recordó: cuando le tejía trenzas torcidas para ir a la escuela, revisaba su lonchera de regreso, la esperaba en el parque, cuando ella jugaba a brincar los espacios de sol, que se colaban entre la ceiba; se sintió apabullada.
Él había ido a regalarle sus momentos, a mostrarle de qué estaba hecha, cada barco de vela en el horizonte era un sueño nuevo, “la vida no es sino la suma de muchos instantes preciosos, guárdalos como tesoros para cuando ya esta no se parezca a lo que verdaderamente es”, le dijo, besó su frente y se fue caminando lentamente.
Imágenes tomadas de:

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