Ese rompecabezas que llaman vida, aún no termina de completarse para ella, piezas sueltas surgen de esa maraña que conforma su memoria, como hoy por ejemplo, cuando ha venido a visitar la antigua casa de sus padres.
Tendría dieciséis años, su padre era muy severo y no le aceptaba lo que toda joven añora a esa edad: reunirse o salir con amigas, eso era prácticamente imposible, por lo que su vida transcurría del liceo a su casa en una monotonía acordada.
En el camino que todos los días recorría para tomar el autobús, quedaba un taller mecánico, desde allí, unos ojos verdes la veían pasar; al parecer él era nuevo por allí, algunas veces ella también le miraba, sí, era muy apuesto, pero ella no sabía si aquella desazón en el pecho, ante su presencia inminente, era amor o el sobresalto que siempre le ocasionaba su padre, quien le advertía que no deseaba verla conversando con nadie en la calle.
Un día el joven se atrevió a hablarle y ella entre monosílabos y frases cortas le confirmó que sí vivía en La Arboleda pero que su padre era muy estricto. La urbanización se veía a lo lejos, sobresalía por lo reluciente de sus techos rojos y los blancos de sus paredes, que en algunas horas de la tarde, abrigaban sus sombras en un tono azul intenso.
Recuerda bien ese día, sintió que tocaban a la puerta y al salir vio a un niño vecino quien le entregó un papel minuciosamente doblado hasta formar un recuadro minúsculo: “se lo mandó un hombre que está detrás de la cerca”, le dijo, pero ella no pudo verlo, porque sintió la presencia de su padre, que se acercaba hacia ellos, con apuro se introdujo el bocado de papel en la boca y lo masticó aceleradamente, aquello se le convirtió en una desagradable argamasa por la sorpresa y el susto.
-¿Qué te dio el muchacho?- preguntó su padre
-Vino a traerme unas semerucas, parece que ya hay maduras- y tragó grueso.
-Pues no parecen muy dulces, le dijo y entró a la casa
Ella lo siguió y subió rápidamente a su cuarto, ya desde la ventana sí pudo descubrir, recostado a un tronco sin hojas, al muchacho del taller, desde allí le hizo ademanes y señas para que se fuera. De esa manera borró de su vida aquellas imposibles miradas verdes.
Cada semana la amiga nos invita a participar en su concurso FOTOCUENTO, tú también puedes participar, si sigues las pautas aquí. Esta es mi participación para el mismo.
Imágenes:
La primera cortesía de para el concurso.
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