La vida, esa condición que nos es dada, para llevarla a cuestas con dignidad, arrojo, gracia, sabiduría o paciencia: como cada uno decida. Es lo más preciado pero que muchas veces solo se valora en momentos de dura enfermedad o crisis cuando se piensa que se está en peligro, de resto pocas veces nos percatamos de qué estamos haciendo con ella o de si estamos haciendo lo correcto.
Qué impresionante que seamos tan distintos y dispersos pero paradójicamente el afán de muchos sea volverse clon, repetición o imitación de lo común, lo ramplón, lo banal. Abrir una ventana y encontrar siempre las mismas paredes oscuras de otros edificios, rígidas, como testigos de vidas ajenas que ejercen su derecho a estar a su manera, quizá tarareando un reggaetón…
Tenía quince años cuando una tía me regaló un disco de acetato de Charles Aznavour, me atrapó C'est Fini, y después de ella, La Boheme, Adiós a la mamá, Morir de amor y todas las que fui escuchando con el sello inconfundible de su voz, a veces en español otras en francés pero siempre cautivadora.
Ayer a la edad de 94 años dejó el mundo físico para quedar eternamente en la memoria colectiva de quienes saben disfrutar la poesía y la música, podrán seguir disfrutando de sus canciones agradecidos por haber conocido esa voz. Llegar a esa edad activo, haciendo uso aún del escenario en giras por distintos países, fue un privilegio.
¿Se acabó, se terminó? No lo creo, es momento de cultivar y su memoria quedará siempre viva para quienes valoren la poesía y sepan regarla por el mundo.
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