Algunas veces se me ocurre la idea de que son pocos los que están completos. Son pocas las personas que miras a los ojos y sientes que nada se les ha perdido, es como si no les faltara nada dentro de sí y al mirarlos transmiten esa sensación, no se ven necesitados.
Me he preguntado ¿Cuánto cuesta sentirse y estar completo? Uno anda por ahí un poco herido, un poco roto, como si adentro faltaran no una, sino muchas cosas. La cultura del “tener” se ha instalado tanto adentro, que una breve mirada descubre grandes vacíos. ¿Por qué hemos de estar incómodos en medio del vacío? ¿Por qué la sensación punzante de dolor en medio de una soledad obligada o no esperada?
Recientemente he oído hablar del temor que muchos sienten al llegar la noche. Pensaba, han de ser exageraciones, cosas tontas, gente que no aprendió a lidiar con sus emociones… pensaba, erróneamente. Hasta que he tenido contacto con personas ancianas, he podido comprender estas cosas. Cuando los miro a los ojos encuentro a muchos distantes, es como si quedara una breve sombra de lo que quizá fueron, no sé cómo podría describirlo.
Trate de ponerme en su lugar para comprender a dónde se fueron? Ancianos que son dejados en una instalación al cuidado de otros. En la frialdad de una casa que no han conocido, ausente de recuerdos… con personas que no habían visto, con historias que al igual que ellos se acumulan en un pasado ausente. Como me decía una amiga, ya anciana, “estoy llena de mucho pasado”.
Me impacto mucho ver de cerca esta realidad, llegue a pensar que por más triste que sea una casa, una familia, sería mucho mejor que un asilo, puede que me equivoque, lo sé, aún estoy aprendiendo a conocerlos.
El otro día me toco quedarme sola en mi casa, fue de forma inesperada… y empezó a anochecer. No le tengo miedo a la oscuridad, por cierto, ese día se fue la luz. Tampoco le tengo miedo a la soledad, pero en esos momentos de alguna manera empecé a sentir el frío de la ausencia de un abrazo, de un te quiero humano, y digo humano porque creo que me sostiene el amor de Dios.
Lo que hice fue venir aquí a la computadora, encenderla, claro, eso fue antes de que se fuera la luz, y empecé a escribir cualquier cosa, me dije: “voy a pasar el rato en Steemit” y así empecé. Me dije “resiste, no pasa nada, todo está bien, ¿qué te pasa?”. Y así me dispuse a pasar el rato tranquila. Luego de un rato me llamo mi hijo para avisarme que todo estaba bien, y me dijo “te quiero mamá…” En ese momento sentí que se lleno un espacio que parecía estar vacío, en verdad todo estaba bien. Luego se fue la electricidad, pero, como digo, todo estuvo bien.
Todo esto me hizo pensar ¿No es acaso esa certeza de ser algo para alguien lo que nos ayuda a estar aquí a pesar de todo? ¿No es el saber que podemos hacer algo por alguien lo que nos mantiene aquí? Una razón, un propósito…
Creo que puede ser dura la vejez cuando de alguna manera se percibe el no hacer falta, el llegar al anochecer sin saber sin creer que puede haber un motivo para amanecer mañana, puede hacer que muchos anden rotos, incompletos, un poco medio ausentes de la vida. Obviamente muchos dirán: “Bueno, hay viejitos que están recibiendo lo que dieron”, pero yo me pregunto, ¿Qué hay de nosotros como hijos, como nietos? ¿Qué hay de nuestra compasión por ellos? ¿Por qué subestimar el dolor de la soledad? Realmente la mayoría de las veces es sencillo hacer una visita, dar un poco de compañía, hacer una llamada, regalar un gesto…
Es increíble lo grande que puede ser para una persona un abrazo en medio de su desierto, de su completa soledad… Me pregunto ¿Dónde están esos hijos, sobrinos, nietos, amigos? Lo digo porque obviamente, lo más sencillo es comenzar por casa y es allí donde tiene más poder y fuerza un “te perdono”, “te extraño”, “te quiero”… Son palabras que sanan al que las recibe, tanto como al que las da.
Gracias por leer
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