Pirata nocturno
Un nuevo niño ha aparecido en el vecindario, es pequeño de estatura, quizás tenga algunos diez u once años. Por vestimenta: short y franela, bien raídas las dos prendas. Casi siempre anda descalzo. Nadie sabe cuando vino ni de dónde salió. Pero hay algo en él que despierta simpatía, tiene una sonrisa franca, pura y difícil de olvidar. Atiende al nombre de Gabriel.
Un buen día los maltratos continuados de un padrastro caprichoso colmaron la paciencia de Gabriel, no quiso seguir siendo el blanco de los golpes que le propinaba el compañero de su madre, así que sin mayores preámbulos marchó a encontrar nuevos rumbos.
En los días de este pequeñín no hay rutinas escolares o laborales. Cada mañana es distinta a la otra. El enigma más importante que resuelve cada día es cómo alimentarse.
Dotado de una gracia natural para hacer amistades, el pequeño va encarando sus problemas. Deja amigos por doquier, es solícito para atender cualquier necesidad, disfruta mucho haciendo un favor.
La mayor parte del tiempo encuentra su sustento en el mercado local; se dedica a cargar pequeños bultos tanto a negocios como a particulares. Le gusta ayudar sobre todo a las personas mayores, le recuerdan a su abuela cariñosa. Los ancianos también sienten que pueden confiar en el menor, algunos hasta lo han llevado a sus casas para ofrecerle alimentos y vestimentas.
El día de Gabriel termina como a las siete de la noche, a esa hora emprende el camino hacia su secreto mejor guardado. A unos dos o tres kilómetros de donde pasa sus días encontró un viejo barco encallado, nadie sabe que esa es su vivienda.
En la zona de la bodega el pequeño explorador instaló una hamaca hecha con retazos de sábanas viejas. Cada noche al acostarse su cara se enmarca con la escotilla, puede ver sin esfuerzos el esplendor de un cielo salpicado de estrellas.
Gabriel se deja llevar por el suave vaivén de la embarcación. El cielo estrellado más los monótonos ruidos del viejo barco lo van arrullando hasta dejarlo completamente dormido. En esos momentos comienza la verdadera aventura de Gabriel.
Cada noche el viejo barco eleva al pequeño al puente de mando. En esas travesías Gabriel ha tenido los encuentros más insospechados, ha peleado con piratas, ha logrado rescatar sobrevivientes de naufragios, ha llevado a buen puerto cargamentos fabulosos. Todas las aventuras imaginables pasan por los sueños del niño.
Además de esa dosis de fantasía nocturna el viejo barco agrega a la vida de Gabriel algo de mucho valor. Antes de terminar la noche colma el corazón del pequeño con bellos sentimientos; siembra en él un buen cúmulo de los mejores recuerdos, así este pequeñín de la calle es capaz de reconocer la belleza y la bondad de los otros.
Al despuntar las primeras luces el pequeño toma aire, se restriega los ojos y emprende el nuevo día.
Gracias por su tiempo.
Fuente de las imágenes. I
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