Luego de muchos aguaceros, el agua se fue extendiendo hasta ocupar toda la sabana. Muchos animales pequeños perecieron. Los más grandes habían sobrevivido y caminaban en busca de las zonas altas.
De pronto una vaca gorda, vieja y con un cacho partido, escuchó un silbido en la lejanía. Era un ave que piaba, un pájaro carpintero que yacía herido encima de un pequeño promontorio de arena.
Arrastrando las maltrechas patas por el lodo, la vaca fue avanzando hasta donde estaba el pajarito.
Cariñosamente le arrimó el lomo y el carpintero se encaramó.
La vaca emprendió su camino hacia la salvación, hacia alguna colina donde pudiera estar en terreno seco. Al pasar mucho tiempo con las patas sumergidas, sus pezuñas corrían el riesgo de dañarse irremediablemente.
Dando tumbos fue avanzando. El carpintero, con su vista más aguda, le indicaba la forma de ir vadeando mejor aquél manto de agua.
En un descuido del pájaro, la vaca no vio venir una liana que sobresalía en la superficie. Como si se tratara de un lazo, aquel cordón vegetal se enredó en el grueso cuello. La vaca estaba inmovilizada, aterrada, pensó que aquello era el final.
Arrastrándose desde el lomo hasta la cerviz, el carpintero pudo llegar hasta la mortífera liana. Con su pico de diamante, la emprendió a picotazos, fuertes, persistentes, precisos, hasta que logró romper el anillo que los separaba de la vida.
La vaca pudo seguir su camino y llegaron los dos hasta la cumbre de la colina.
Moraleja: Haz bien y no mires a quien. Hasta el más pequeño puede ser tu salvación. El universo siempre recompensa las buenas acciones.
Gracias por su tiempo.
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