Al silencio lo he odiado y lo he amado. Cuando era joven procuraba alejar su compañía porque me llenaba de nostalgia, me inquietaba sobremanera. Por aquel entonces me las ingeniaba para rodearme de bulla, no soportaba en lo absoluto la experiencia de no escuchar algo. Quizás por eso me aficioné tanto al Rock, para entregarme de lleno a una sonoridad que me golpeará con fuerza y me mantuviera los sentidos en alerta permanente, sin darme tiempo a bajar la guardia ante la posibilidad de caer en alguna pausa.
De a poco las cosas han ido evolucionando. A medida que mis días se fueron desvaneciendo una nueva actitud vino con ellos, he cambiado mi relación con el silencio, lo he ido apreciando como un gran compañero al que recurro en busca de auxilio, ya no me causa zozobra como antes, más bien lo añoro, deseo su presencia para rodearme de paz.
Siempre me ha resultado curioso como el paso del tiempo nos da otras posibilidades de apreciar la realidad, la de fuera y la interior. Viendo las cosas en perspectiva me resulta un poco increíble situarme en aquellos años juveniles cuando necesitaba tanto estar en medio del bullicio. Lo de la nostalgia y el desasosiego ante la ausencia de sonido es solo un lejano recuerdo; he aprendido otro modo de escuchar, en el que no es necesario ningún estímulo sonoro.
Ese cambio de actitud se lo debo a mi interés por conocer ciertas prácticas Orientales. En algún momento, no sé cuando, empecé a interesarme por la meditación, ese estado en el que se busca acallar todo, desconectarnos, tratar de situar nuestra atención en el vacío. Para los Occidentales como yo esta búsqueda supone un gran reto. Si hay algo que nos resulta cuesta arriba en nuestra cultura es tratar de acallar la mente. Nuestro estilo de vida no lo facilita, estamos acostumbrados a un ritmo frenético, casi no conocemos lo que es la calma.
No les voy a mentir. Tengo muy claro que nunca podré lograr algo semejante a lo que hizo el Buda. Apenas puedo imaginar aquello de sentarse a la sombra de un árbol, entrar en un estado profundo de meditación, acallar la mente, conectarse plenamente con el cosmos y lograr la iluminación. Sé que eso no es para mí. No es un asunto de falta de voluntad o disciplina. El problema es más complejo, está en mi imposibilidad de lograr el desapego, la renuncia total. Sin esa condición es vano tratar de alcanzar el camino de Buda.
Pero no por ello he desistido en mi práctica silenciosa. He logrado crearme un hábito. Todos los días aparto unos minutos para tratar de acallar la mente. Algunas veces lo consigo y otras no, sobre todo cuando tengo mucha agitación interior. Pero las veces que lo logro encuentro mucha paz. Es una sensación que no es fácil describir, es parecido a despertar de un sueño muy profundo.
A veces he logrado sentir que mi mente vaga en el vacío, quizás es lo máximo a lo que pueda aspirar.
He querido compartir esta experiencia para que se animen a reconciliarse con el silencio, es probable que encuentren allí otra manera de estar en el mundo. Una mucho más amable, menos exigente y que seguramente les dará otra forma de entender las cosas de la vida. No se pierde nada en el intento. En internet pueden conseguir mucha información para introducirse en estas prácticas de la meditación. Les puedo asegurar que el intento vale la pena. Suerte con eso.
Gracias por su tiempo.
Fuente de las imágenes. I II III
Otros temas para seguir leyendo
Incompatible. Un cuento de ciencia ficción
Aprender a pensar lo diferente
Inspírate con los steemians (Filosofía del lenguaje)
Ocaso de la Universidad venezolana
Un mes limpiando la casa mental
Entender la educación como un misíl inteligente
Ideas para crear un flujo de trabajo efectivo en Steemit
Concurso Maracay / Mi lugar favorito - El Campo de Golf
Todos tus comentarios son bienvenidos en este sitio. Los leeré con gusto y dedicación.
Hasta una próxima entrega. Gracias.
Las fotos, la edición digital y los Gifs son de mi autoría.