─Chamo, mañana le damos. Tengo todo controlado, son un par de viejos.
Javier ya tenía un modus operandi. Se ofrecía a hacer pequeños trabajos como limpiezas de solares, pegar bloques, cargar arena, cualquier cosa que permitiera estudiar la zona que mejor sirviera para dar sus pequeños golpes. No era un malandro de alta gama, más bien entraba dentro de lo que llamamos ratero.
A simple vista Javier pasaba como un muchacho corriente, no encajaba dentro de ninguno de los estereotipos que la sociedad y los medios han armado sobre la figura del delincuente. Nada en él delataba sus malas mañas, por el contrario, era un muchacho de lo más jovial.
La crisis de los últimos años le había servido para afianzar el camino que había decidido hacía cuatro años. A los dieciséis había empezado con pequeños robos. La iniciación la consiguió con unos zapatos que le quitó a un chamito de once años cuando regresaba a su casa del liceo. Desde entonces siguió dando pequeños golpes por aquí y por allá, con la seguridad de que las probabilidades estaban de su parte. Sabía que, en la mayoría de los casos, cualquier fechoría quedaría impune, pasaría sin pena ni gloria.
─ Chino, conseguiste “el gato” (objeto utilizado para levantar los vehículos), lo necesito para esta noche. Ya todo está bajo control. Los viejos tienen una alarma, pero cuando limpié el terreno del vecino me fijé que hay un punto ciego. Si entramos por ahí no se va a disparar.
─ ¿Y los perros? ¿No nos van a joder los perros? Tenemos que entrar y salir por el solar del vecino.
─ Tranquilo, Chino, en los cuatro días que pasé limpiando el terreno le di bastante pellejo a esos perros. En lo que me huelan saben que no me van a joder. Nos vemos en la esquina a las 3 am. No te olvides del gato.
Como todas las noches el viejo se acostó a la una y media. No era un hombre de dormir profundo. Se mantenía en una eterna duermevela.
A las 3 am se paró por segunda vez a orinar. Los apremios de una uretra estrangulada por la próstata le obligaban a pararse tres o cuatro veces durante la noche. Al recostar la cabeza escuchó el ladrido de los perros. Se incorporó, aguzó la atención y como no sonó la alarma se volvió a recostar.
Los perros siguieron ladrando. El viejo decidió levantarse. Sigilosamente se puso los lentes y escrutó con atención la zona.
Una pequeña sombra, al lado de uno de los carros, le llamó la atención. Se agachó, metió la mano debajo del colchón y saco su viejo treinta y ocho con sus cinco pepas en el tambor. Era un recuerdo que le dieron sus compañeros de trabajo cuando se jubiló de la Policía Metropolitana de Caracas, hacía ya siete lustros. Habían pasado más de veinte años desde la última vez que disparó esa arma, pero siempre tenía la costumbre de mantenerla limpia y en buenas condiciones.
Chino había terminado de desenroscar la última tuerca. Hasta ahora todo iba bien, habían logrado pasar el punto ciego, levantaron el carro sin mayor dificultad, y la piedra que habían llevado calzó perfectamente para sostener el carro cuando retiraron el caucho.
Javier sonreía, pensaba que la suerte seguía de su lado, hoy lograría otro golpe fácil. Mañana recibiría los 1500 soberanos por los que había negociado el caucho y el rin.
El viejo se había apertrechado en el borde de la ventana. Tenía de su parte la oscuridad del cuarto. Lo único que lo podía delatar era algún brillo del cañón del revólver, pero estaba decidido. No se iba a dejar joder.
El Chino puso el caucho en el borde de la pared y saltó. Cuando Javier se incorporó un estruendo sordo cortó el silencio de la noche. Bang…Bang…
La bala entró limpiamente en el pulmón de Javier, chocó con la punta de una costilla y un fragmento se alojó en el corazón. Javier sintió un gusto amargo cuando estiró los brazos para aferrar el borde de la pared. No tuvo fuerza para saltar, se desplomó. Un último pensamiento paso fugaz mientras la vida se le iba: ¡coño chamo por un caucho!
Gracias por su tiempo.
Fuente de las imágenes. I II III
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