Este es el primero de una serie de artículos y cuentos antiguos que en su momento escribí y quedaron engavetados o en su defecto, fueron publicados en mis redes sociales. Los publicaré sin ningún orden cronológico, íntegros, sin correcciones, sin ajustes o modificaciones que puedan distorsionar su contenido.
¿Pero qué me motiva?, ¿por qué publicar material antiguo?
Simple, salvo la natural mejora que he tenido con la práctica es como si los hubiera escrito ayer. En su mayoría, son textos relacionados con el tema político que escribí hace meses, incluso años pero que siguen totalmente vigentes, los publicaré con la intención de mostrar cómo pensaba en ese momento y en caso de ser necesario, agregaré comentarios aclarando, ampliando o cambiando mis opiniones al respecto.
Escogí como primero para esta serie un cuento que titulé “Expedición de Caza”, espero lo disfruten y disculpen su dudosa calidad.
Expedición de Caza
Ahí estaba, tras horas siguiendo su rastro, hermosa en la penumbra con su hocico alzado, olfateando los olores del aire nocturno. La poca luz blanca saca destellos de un pelaje que se adivina dorado, liso desde el lomo hasta un vientre lleno. Una hembra preñada, sana, gorda, caza mayor.
La hoja en la mano, afilada y bien apretada, los brazos cubiertos de harapos para protegerse de mordidas peligrosas, el saco preparado para matar y huir a sitio seguro con la presa antes que los otros lleguen. La adrenalina de la caza hace latir fuerte su corazón, el estomago rugiente, la saliva corre en anticipo del bocado caliente del hígado, del mordisco sangrante al corazón.
Acercarse, matar, destripar, coger hígado y corazón, huir. Diez minutos, poco más, poco menos. El resto, desollar, trocear la carne y asar la carne se haría ya con calma en el refugio, allí compartirían el resto con la familia, pero no el hígado y ni el corazón.
Hizo una señal a la sombra oscura que apareció al otro lado, oculta entre las sombras. Como tantas veces antes, se entendían casi sin hablar, el ya sabía, su deber era cortar la huida, cercar la presa para que se viera obligada a luchar. La mejor manera, las presas acorraladas confían en sus colmillos y tamaño, pues eran armas terribles frente a ellos, apenas niños famélicos que en carrera no podrían competir.
Cuidadoso, avanza midiendo la presa y admirando su belleza, su salud, el brillo de su pelaje, la llena forma de su vientre, unos treinta kilos de carne aprovechable, descartando tripas y pelo.
¿Se podría aprovechar el contenido de su vientre?, ¿sería tierna la carne?
Cinco metros, cuatro… Los ha detectado, mierda. Los ojos pardos, reflejando la poca luz lo miran, lo calibran, se detiene. No debe asustarla, levanta la mano lentamente, rogando porque su compañero entienda que no debe avanzar más, un paso en falso y huirá.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco latidos como terremotos en su corazón, la sangre golpea en su interior, cada respiración lenta, profunda, es una eternidad. Lo mira con curiosidad, aún no detecta la amenaza, dicen que pueden detectar el miedo y el respira intentando respirar pero sabe que ella huele su adrenalina.
No tiene miedo, al menos no de ella… Teme que huya, que las horas siguiéndola sean en vano, que el hambre lo acompañe otra noche más.
Otro paso, otro, otro; bien, ya casi está a su alcance. Muestra los colmillos, gruñe. Hoja apretada en la diestra, la siniestra cubierta de harapos se acerca como tantas otras veces a su boca.
Un chillido agudo resuena en el silencio, está hecho. La diestra asesina húmeda y caliente empieza su labor, la hoja roja corta la piel, manchando el pelaje dorado mientras la siniestra, milagrosamente ilesa la ayuda a separar piel y huesos.
Al este, empieza a insinuarse el alba, que perfila a dos pequeñas siluetas cargadas. Caminan juntas y presurosas, directas a la seguridad de su refugio. Atrás queda un montón que no tarda en cubrirse de moscas, junto a ellos una tira de cuero con hebilla y placa brillando a la luz del amanecer.
Hace 10 meses escribí este cuento. En aquel momento, llevaba meses, quizá años sin la necesidad de escribir narrativa. Pero entonces vi un vídeo en Twitter. En ese vídeo, se veía a dos hombres desollando a un perro en la vía pública. Fue tan grotesco que se me hizo imposible ignorar la imagen o al menos, dejarla atrás. La imagen me persiguió durante días, no podía dejar de pensar en ella y entonces retomé la escritura como una manera de liberarme de ella, de hacer catarsis.
En el cuento, imaginé que el hambre haría de esto una imagen cotidiana y que pronto, de no cambiar la situación, los perros serían presa común de gente que los cazaría para comer en medio de un escenario postapocalíptico.
Pero jamás, créanme, jamás creí que llegaríamos a ese momento en tan corto plazo ni que permitiríamos que esto llegara tan lejos. Hoy vivimos en ese infierno que me imaginé hace menos de un año, hoy vivimos en caos, donde la enorme mayoría del país vive en una guerra por la supervivencia, donde para muchos no importa nada salvo la próxima comida, donde comer proteínas es un privilegio, donde tener tres comidas te hace parte de una élite.
Diez meses apenas desde que una noticia surreal y casi increíble me trastocó durante días, y hoy, apenas diez meses después es normal. Ahora me pregunto, si esto sigue así, ¿qué veremos en diez meses?
P.D: Cuida a tu perro.
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