Aunque cada vez es más complicado viajar dentro de Venezuela, siempre tengo cosas positivas para mostrar. En medio de la desolación y el comercio venido a menos, me llevé una grata sorpresa donde menos lo esperaba.
Saliendo de la población de Upata, ya enrumbados en la vía que conduce a La Gran Sabana, nos detuvimos a almorzar en un restaurante a orilla de carretera llamado Barbacoas.
Estamos acostumbrados a patéticos ambientes, donde la gente come porque no le queda más remedio. Sin embargo, este es una grata excepción a la regla. Desde que entré me encantó su estructura en forma de churuata o choza indígena, lo cual es preludio de lo que nos espera en la sabana; está redeado de una seca vegetación pero debidamente cuidada y atendida.
Un altísimo indio vigila la entrada con su afilada flecha y su torso desnudo. Al entrar, lo saludé respetuosamente, pues son ellos los propietarios legístimos de las tierras que prentedo visitar.
La excelente atención y la delisiosa comida me hicienron sentir en otro lugar, y olvidar por un momento que me encuentro en la mitad de mi viaje entre Maracay y la Sabana.
En la parte posterior hay un pequeño bosquecito, donde podemos caminar mientras está lista la comida. Aquí, mi hijo, encantado con el silecio y la paz que se respira:
Si alguna vez vienen por estos lados o deciden pasar a Brasil, les recomiendo a ojos cerrado este agradable restaurante.
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