¿Qué tanto se puede cuestionar tu propia existencia? ¿Cuantas veces puedes si quiera mirar al frente sin querer volver atrás? Mis decisiones han sido de más absurdas, equivocas y banales.
El café estaba servido aquella mañana, Diego sonrió al verme antes de regresar a su habitación, yo mientras tanto, tomé una taza, la llene hasta el borde y me senté junto a la ventana del salón. Observaba cómo el frío invierno cubría de nieve las calles de Manhattan. Las cosas habían cambiado mucho desde que me hice su mujer. Nos conocimos en Michigan el verano del 92, sus ojos grises me parecieron irreales y místicos dispuestos en aquel cuerpo grande de tez morena, nunca pensé que ese encuentro representaría el primero de muchos en mi vida cotidiana.
Bares, copas, hoteles, un beso, una caricia; situaciones que se repetían noche tras noche, el "teniente Ramírez" como le llamaban sus amigos y compañeros de trabajo, solo "Diego" como le llamaba yo. Su vida transcurría en altamar y era imposible poder llevar una vida normal a su lado, sin embargo, siempre fué un cariño de persona conmigo: flores, regalos, chocolates. Sabía cómo llenarme de sonrisas con las banalidades a las que muchas mujeres estaban acostumbradas, pero para mí era lo más hermoso que algún hombre hubiese hecho nunca en el tipo de vida que llevaba. Si yo quería un dulce, una flor o un regalo, podía recibirlo si, pero tras llevarme a la cama a uno de los muchos hombres que colocaban uno de sus sucios billetes en el borde de mi falda o el interior de mi escote.
Diego había cambiado todo eso, era el primero que me amó, aun incluso conociendome como lo que soy.
Mis noches de encanto fueron sustituidas por risas y cariño en los que cada viernes esperaba su llegada y sentia sus calidas manos ante la sorpresa de un beso. Era mágico el estar a su lado, me hacia sentir... viva.
Tres meses luego estaba pidiendo ser mi novio, dos más y ya se había presentado a mis padres y luego, al año de habernos conocido, tuvimos el más hermoso matrimonio a la orilla de la playa que jamás hubiese imaginado, mi vida había cambiado y era perfecta.
— ¡Rebeca! ¡Vuelve aquí sucia perra!
El vaso de café cayó al suelo y sentí como las gotas calientes salpicaron en las heridas de mis piernas lo que hizo retorcerme un poco de dolor. Como pude, me agaché y recogí los restos del cristal, limpie el suelo y tras dejar todo en la cocina me recosté un momento y cerré mis ojos. Sentía el dolor palpitar por todo mi cuerpo: brazos, piernas, cabeza, espalda, abdomen. Cada parte de mí poseía un moretón o una herida que me hacia temblar y querer huir de aquel lugar, pero era imposible.
Diego me miraba desde el pasillo de la habitación, esos ojos que alguna vez me parecieron tiernos y misteriosos poseían ahora un tono malévolo y un vacío casi tan oscuro como el mango del cuchillo que portaba ahora en sus manos.
El dulce hombre que conocí no resultó ser más que un sociópata y sabia que con cada paso que ahora daba hacia él, el matrimonio en el que alguna vez creí, llegaba ahora a su fin.
Historia original | Imágenes de cabecera extraída de Enlace
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