En esta oportunidad les traigo un #cuento, que relata una #historia de amor algo diferente a las convencionales.
Juliana
Por: Arturo Pérez Arteaga :.
A veces creemos que las historias de amor ocurren muy lejos de donde estamos y que nunca podremos ser testigos de alguna que sea digna de contar, pero esto no es totalmente cierto, ocurren justo allí ante nuestras narices, sólo debemos estar alertas.
Juliana siempre fue un alma solitaria, de esas que a pesar de estar rodeada de gente siempre viven envueltas en un aire de soledad, denso como la niebla. Estuvo casada muchos años con Felipe en una relación más monótona que otra cosa y en algún arranque de sinceridad de cualquiera de los dos se separaron sin traumas ni gritos y sin hijos a quienes afectar.
Luego de la separación y con más de sesenta años a cuestas, Juliana decidió dividir y vender el terreno de la casa donde vivía, se trataba de un espacio bastante amplio, tanto que quien se lo compró lo utilizó para construir un mini centro comercial, allí donde por tantos años Juliana sólo se había dedicado a mantener un pequeño huerto de frutas y legumbres, pero eso ya era parte del pasado, el mini centro comercial era de alguna manera una representación de la llegada del inexorable progreso que nos atropellaba sin siquiera pedir permiso. Ese progreso trajo a la historia al locuaz Doroteo, quien de alguna manera se constituyó en el ejecutor de su llegada por ser el maestro de obra encargado de construir el edificio.
Una vez conoció a Juliana, Doroteo se dedicó a enamorarla, cosa que quizá no deba ser visto como una locura, sino fuera por el hecho de que la dama casi le doblaba la edad y en honor a la verdad, ella no era de las que se preocuparan especialmente por su apariencia: nunca ataviada, siempre con una bata de casa, chancletas y un cabello que denotaba no haber sido visitado por un cepillo en décadas.

Nada de esto detenía a Doroteo, quien diaria y religiosamente al terminar su jornada de trabajo en la construcción, se iba a casa de Juliana a ejercer su labor más tenaz; el cortejo de ésta con palabras hermosas, poemas improvisados, que aunque poco artísticos eran muy originales y hasta regalos sencillos como chocolates, paledonias, pan dulce y chupetas de colores. La ausencia de incisivos de Juliana agradecía especialmente estos regalos, al no tener que emplear mucho esfuerzo en morderlos.
Una vez se vio correspondido, Doroteo no bajó la intensidad, al contrario, le prometió que le construiría una casa, un palacio en las afueras del pueblo y se la llevaría a vivir con él, así podría abandonar de una vez por todas esa casucha pequeña que siempre había habitado en soledad incluso cuando Felipe vivía con ella.
“Juliana, ya le mandé a hacer las puertas a tu palacio, pagué casi todo, sólo me faltan tres puertas, porque el dinero no me alcanzó”, a lo que la enamorada respondía entregándole el dinero correspondiente al costo de las puertas faltantes.
“El piso me salió mas costoso de lo que me esperaba, pero es que le puse el mejor granito que pude, ese negro que tanto te gustó” y Juliana le decía que no se preocupara, que ella cubriría la diferencia.
“Te compré un juego de ollas de lujo, no pretenderás estrenar el palacio con las que tienes magulladas y llenas de hollín, las estoy pagando por cuotas, ya di la inicial”, su novia no le dejaba decir más y le cubría cada semana el costo de la mensualidad de las mismas.

Con el paso del tiempo, se la notaba más flaca, muchos comentaban que esa mujer ya casi no comía y decían que se trataba de los amores enfermizos a los que estaba sometida con el Doroteo. Cosa que no era del todo inexacta. Sí era producto del amor, pero no por mariposas en el estómago ni por algún otro fenómeno de los amores febriles sino por el hecho de estar entregando a su Romeo el poco capital que ella manejaba. Pero nadie podía atreverse a hablarle mal a Juliana de su amante juvenil, porque luego de insultarlo y decirle que no era su problema y que dejara la envidia, les restregaba en cara que ese hombre iba cada madrugada a llevarle comida. Algo que nunca nadie pudo comprobar.
Al finalizar la construcción del mini centro comercial dejamos de ver a Doroteo y Juliana adquirió el hábito de salir cada tarde a caminar hasta el final de la cuadra en la dirección que desaparecía Doroteo cuando la visitaba, oteando el horizonte por tiempo indeterminado. Al caer la noche regresaba a casa sin hablar con nadie y se encerraba, sólo para repetir la misma rutina al día siguiente y el día después de ese.
Una de esas tardes, pude verla caminar hasta el final de la cuadra y sin detenerse siguió en esa dirección hasta que su sombra larga y triste con un lento y acompasado ritmo desapreció en el horizonte. Esa fue la última vez que supimos de ella.
Hay quienes dicen que encontraron su cuerpo tirado y seco frente a un morichal, otros dicen que llegó a una casa que se estaba construyendo y que allí se instaló obstinada a esperar a Doroteo o a la muerte.
Yo en verdad quiero creer que se encontró a su amado que venía a buscarla para dar cumplimiento a su promesa y la llevó al palacio que le construyó, donde vivió feliz los últimos años de su solitaria vida.
-APA-
* La fotografía fue tomada por mí en la isla de Cuba, con una cámara Sony desde un vehículo en movimiento


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