El siguiente relato es la versión telegrama de un cuento que estoy gestando. Los personajes principales comenzaron a cobrar vida más rápido de lo que yo iba escribiendo. Pronto estaré publicando la versión completa, por entregas, en este blog. Por lo pronto, ahí les va este abreboca. Que lo disfruten.
Imagen de dominio público, obtenida en Wikimedia.org.
La gente debería poder elegir donde nacer. David, por ejemplo, que es un alma de Dios, no debió haber nacido en Maracaibo, donde hasta los bebés quieren abusar de los buena gentes. Muchas lágrimas y dolor se habrían evitado, de otra manera. Por decir algo, su amigazo Humberto, no le habría levantado a la parásita de su novia Gladys, de puro traidor. O quizás sí, pero a otro, y no estuviese hecho un guiñapo en una silla de ruedas, porque el peluquero homosexual al que explotaba lo atropelló, presa de los celos, luego de saber que su "novio" Humberto se iba a casar con una "perra sucia" llamada Gladys. Humberto no tuvo chance de explicar que no se iba a casar nada, que lo hicieron para joder al bobo de David y divertirse, pero despertó del coma un mes más tarde, cuando de nada valían las explicaciones. Tampoco se le entendía cuando hablaba.
Gladys no hubiese parado en el alcohol y las drogas, tratando de sobreponerse al fracaso de sus múltiples operaciones estéticas, ya que nadie le habría dicho al peluquero homosexual que ella era la prometida de Humberto, y éste no la habría cortado ni rociado con ácido, dañando para siempre su rostro y senos. Pero lo que la terminó de destruir, fueron aquellas dos palabras, en unos exámenes entregados por el hospital: VIH Positivo.
El peluquero, alias "Azabache" no habría tenido que atropellar a Humberto ni echarle ácido a Gladys, salir huyendo hacia Colombia, y posiblemente todavía estuviese vendiendo cocaína adulterada y pervirtiendo muchachos jóvenes en la peluquería. Quizás el mismo Humberto lo estaría explotando.
Aquel profesor que le plagió un seminario, ganó un concurso gracias a eso, y se le burló en su cara, no lo habría atrapado la policía a la salida de la universidad, transportando computadoras y equipos robados, además de droga y llaves de carros robados "enfriados" en los estacionamientos de la ciudad universitaria. Todavía el profesor pregona su inocencia, pero ninguna universidad lo va a contratar cuando salga de la cárcel.
Aquel jefe que tuvo, que le faltó el respeto ante la muerte de su esposa, no le habría conseguido la contraloría un movimiento de recursos y dinero que nunca pudo justificar, pero del cual nadie, ni siquiera el indiciado, tuvo la más mínima idea de dónde fue a parar. Al igual que el miserable ese.
O como aquella mujer, Carmen, que llegó a la vida de David para mitigar el dolor de su viudez. Más temprano que tarde, sacó las garras contra Fabio, hijo de David, a quien despreciaba y detestaba. David protegió a su hijo contra todo y todos, pero Carmen, en vez de desistir, se propuso hacerles daño. Cansada de considerar a su pareja un redomado pendejo, en una fiesta de fin de año del instituto, frente a todos, lo humilló, mandándolo a que hiciera un curso de hombre, y yéndose con un chófer, con quien hacía un tiempito se revolcaba a escondidas. Carmen no habría quedado en la miseria, o su nuevo galán no la habría embaucado, despojándola de todo lo que ella le había quitado a David a sus espaldas. Este pícaro estafador habría tenido tiempo de disfrutar su fechoría, de habérsela hecho a Carmen, pues la banda de ladrones de carros con la que estaba vinculado, no se enteraría, casualmente, de que les robaba plata. Nunca consiguieron su cuerpo.
El único que se salvó, fue aquel jefe abusador pero muy bruto, que botó a David injustificadamente, a pesar de ser él funcionario público de carrera. David no podía creer que fuese tan ignorante. Ganó el juicio laboral y la demanda penal que interpuso ante el instituto. David terminó cobrando el doble de lo que habría obtenido al jubilarse, con 10 años más de servicio, al tiempo que se ahorró la inflación. De tan buena gente que es, le hizo llegar una botella de whisky barato, acompañada de una tarjeta de Hallmark, agradeciéndole el favor recibido.
Todas estas víboras también son lengua larga. Todos se enteraron de que el bobo de David, ahora tenía plata. David se asqueó de la interminable caravana de aduladores, mujeres con las tetas operadas y el cerebro virgen, estafadores, charlatanes y todo el espectro idiosincrático que quería chuparle la sangre, a cuenta de creerlo pendejo, solo por ser un alma mansa. Por eso, un buen día, ese David, jubilado prematuro y millonario, se desapareció. Le dejó a su hijo una carta con instrucciones precisas, pero nada que indicara su paradero. Solo a sus compadres les pidió que cuidaran de su hijo hasta que se graduara, girando con generosidad y puntualidad, una cantidad de dinero en divisas que amparaba suficientemente a Fabio y a sus padrinos. A David se lo tragó la tierra.
Si Fabio hubiese podido escoger sus padres, sin duda habría escogido a David y Marta. Padres ejemplares, de Marta se dice que ni después de muerta, dejó de cuidar a los dos hombres de su vida, su marido y su hijo. Antes de morir Marta, su papá le prometió a ellos que así tuviera que morirse de hambre, mandaríaa su hijo a estudiar a Boston, a una de las mejores universidades de los Estados Unidos. A pesar de que algunos años después de haberse ido Marta, David sucumbió a los encantos de esa mujer voluptuosa que despreciaba a Fabio por ser "otro bobo, como su padre, pero cerebrito", su vida siguió siendo buena, porque su papá nunca permitió que ella ni nadie abusaran de él. Por eso, Fabio se sintió un poco dolido cuando su padre desapareció, aunque en la carta que le dejó, éste le pidió que tuviera confianza y fe. Fabio creyó, porque sabía que si una cosa era cierta en su vida, era el amor de su padre.
Si Fabio no hubiese nacido en Maracaibo, no le habría llegado correspondencia de una prestigiosa universidad de Boston exactamente al día siguiente de graduarse de bachiller. Tenía fecha de ingreso para dentro de tres meses, y anexaba una carta de admisión que debía llevar a la embajada americana, para la visa de estudiante. Todos los detalles estaban escrupulosamente cuidados, al igual que las instrucciones dadas. Una tercera carta, del tutor estudiantil, ponía la condición de tener que viajar solo. "¿Papi, por qué te fuiste así, sin avisar?¿Ahora cómo te doy las gracias por cumplirme?", pensaba Fabio, con un dejo de nostalgia.
Fabio llegó a Boston el otoño de ese mismo año, siguiendo al pie de la letra las instrucciones recibidas en Maracaibo. Ms Jones, la tutora, lo recibió hablando un español con acento castizo. Clarisa Jones era una mujer de mediana edad, con una mirada limpia, que a pesar del trato formal de rigor, le transmitió calidez humana a Fabio. Le entregó materiales, guías del campus y un sobre. "Ábrelo, por favor, y sigue las instrucciones. Buena suerte, alumno". Dentro estaba una tarjeta de transporte, dinero en efectivo y una tarjeta con la dirección de su alojamiento, que extrañamente, no era dentro del campus, y al que tenía que llegar en bus.
Si Fabio hubiese nacido en Boston, no habría podido agradecerle a la vida vivir ese momento cuando llegó a su destino, subió al apartamento, abrió la puerta, y encontró de nuevo a Clarisa Jones, quien lo abrazó y le dijo "Welcome home, son. You are as handsome as your father. Come on in. Hay una grande sorpresa esperando por ti en la cocina, y no son arepas".
Oswaldo Gómez, 2018
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