Farcie se encontraba al borde de la locura, recorriendo las calles de la ciudad sin saber qué rumbo seguir, no importa donde viera, todo era risas y esperanza, sombras de un mundo del que él se sentía distante « ¡Dejen de atormentarme!» Su mente volaba como aves de rapiña y su mirada se desenfocaba ante la luz de los faroles « ¿Por qué no puedo ser feliz?» Su desesperanza se hacía más grande con cada paso, el dolor inundaba su pecho y las lágrimas surcaban la estreches de su rostro.
Se esforzaba en recordar en qué se basaba su felicidad pero no había nada, mientras más lo pensaba notaba que siempre existió ese vacío, un vacío que durante años intento llenar con buenas obras, con ayudar al prójimo, con sonreír ante cualquier situación sin demostrar lo que de verdad atravesaba su mente. «Patrañas…»
Frente a sí, las luces opacas del puente iluminaban el rio y no pudo evitar mirar su reflejo « ¿Qué soy?» Un reflejo distante y turbio por las suaves olas del rio apenas mostraba a aquel hombre, un hombre cubierto de harapos, con el cabello enmarañado y sucio, y un rostro destrozado por la vejes.
«Me doy asco…» Pensó, y cerrando sus ojos se dedicó a sentir el viento frio de la noche recorrer su piel, dio pasos lentos hasta el borde del puente y sostuvo la pequeña baranda ya oxidada con sus dos manos, apretando cada vez más fuerte, viendo su vida ante sus ojos y despojándose de todo aquello que le causó dolor. Sus recuerdos, sus emociones, su existir.
—Señor…
Una dulce voz se sintió a su espalda y Farcie abrió los ojos lentamente y giro su mirada.
— ¿Por qué esta triste señor?
Farcie sonrió y miro a aquella pequeña niña que se encontraba junto a una mujer quien le miraba con temor.
—Lo siento, mi hija insistió en hablarle señor.
Farcie le sonrió a la mujer y soltó la baranda para acercarse hasta la pequeña.
—Pequeña… a veces, los adultos tenemos un mal día, y nuestras sonrisas vuelan con el viento para ser entregadas a alguien más.
La pequeña, sorprendida, miraba como Farcie jugaba con sus manos contando lo que para ella era una maravillosa historia de alegría.
— ¿Vuelan con el viento?
—Así es… y en este momento mi sonrisa es tuya.
El brote de alegría que se encontraba en el rostro de la niña ilumino aquel corazón marchito de Farcie, y ambos, mirándose fijamente sonrieron al terminar aquella oración. Un segundo después la joven y su madre ya partían lejos de aquel puente, lejos de aquel lugar, dejando a Farcie solo con sus pensamientos.
«Mi alegría...» Farcie no podía dejar de sonreír y se acercó nuevamente al borde del puente, miraba el fluir del rio, observaba el jugueteo de los peces y escuchaba los aullidos de la ciudad. Distantes, haciendo eco entre el viento «A pesar de todo, de la vida que tuve, de las cosas malas que han ocurrido, de los fracasos y las oportunidades, la tristeza y la soledad, en el fondo… si he sido feliz. »
Su sonrisa quedo plasmada aun después de su muerte. Aquella noche la baranda que sostenía con sus manos se derrumbó y Farcie cayó desde una altura de nueve metros hasta el Río poco profundo. Murió de un golpe. La policía halló su cuerpo 4 horas después, los mismo dijeron que tras la muerte su sonrisa nunca se borró y que a pesar de su vejes y su estado de indigencia su rostro se encontraba reluciente. Quizás, en el fondo, Farcie comprendió el motivo de su felicidad.