Todas las noches se escapaba de su habitación y cruzaba la ventana del ático para llegar al tejado. A veces imaginaba a la luna de color negro, como una bola de cristal que en cualquier momento le revelaría las respuestas que necesitaba saber y que su madre no era capaz de responder sin mentir o agachar la cabeza. Santiago nació con una enfermedad mortal que le impedía llevar una vida normal como cualquier otro niño de su edad, no podía nadar, correr o patinar, ni siquiera montar en bicicleta porque su condición empeoraba cuando intentaba algo diferente, cualquier actividad física le provocaba una crisis respiratoria, era un niño frustrado que solo se sumergía en sus libros y habitación. Muy poco salía a la calle y cuando acompañaba a su madre al súper mercado los otros niños lo miraban como si fuera un extraterrestre por su apariencia, de hecho se veía extraño, arrastraba una pequeña maleta que llevaba dos cápsulas de oxígeno ligeras, es decir, el peso justo para él, una manguera que se conectaba a la boquilla principal y el otro extremo a la mascarilla que utilizaba en caso de no poder respirar, además era pálido como un vampiro, calvo sin ningún atisbo de pelo, también tenía los ojos grandes con ojeras que parecían de mapache y respiraba casi imperceptiblemente, de vez en cuando con una respiración honda, como un suspiro que provocaba un ruido extraño y asustaba a otros niños. La tristeza de su madre, aumentaba por momentos al contemplar a Santiago tratando de esconderse de las miradas o secándose las lágrimas de los ojos sin decir absolutamente nada, ella también le reprochaba a la vida el camino tan duro que le había tocado a su único y pequeño hijo. Un día, después de haber sufrido una recaída, Santiago se sintió deprimido y se quedó en la cama casi todo el día, no quiso seguir leyendo y solo se dedicó a mirar unos gráficos que su padre antes de morir había dibujado en el techo, era muy bonito, se trataba de un universo lleno de estrellas, planetas y también estaba la luna. De pronto, Santiago se sintió muy enojado y exclamó. —¿Por qué tengo que ser esto? ¿Por qué sigo aquí, queda algo para mí bajo la luna? ¡No es justo, no lo es!... Santiago, enfurecido, lanzó una manzana hacia el dibujo golpeando exactamente la luna y de repente escuchó el timbre de la puerta, quién podía ser pensó, su madre no estaba en casa y su abuela que lo cuidaba ese día no esperaba visita, en realidad nunca tenían visita. El timbre seguía sonando y le pareció extraño que su abuela no le hiciera caso, así que bajó de la cama con cuidado sintiéndose un poco mareado y desde la escalera pudo ver la silueta borrosa de alguien reflejada en el cristal de la puerta. — ¿Quién es? —preguntó Santiago, pero nadie respondió. Entonces abrió la puerta y entró un frío horrible, afuera había un anciano envuelto con un trapo viejo, la calle parecía sufrir el más crudo de los inviernos, porque todo estaba cubierto de nieve y hielo y soplaba un viento cortante que le hacía toser. Qué raro, en este país no cae nieve pensó Santiago. Como el viejo y Santiago estaban siendo torturados por el frío, el niño le invitó a pasar aprovechando que su abuela al parecer no estaba, los dos se dirigieron a la cocina y mientras Santiago preparaba dos tazas de chocolate caliente para calentarse, el viejo se sentó y observaba de forma curiosa como el niño respiraba agitadamente mientras terminaba. — ¿Tienes miedo, viejo? —preguntó Santiago. Es sólo un defecto de mis pulmones. Aquel misterioso hombre hizo un extraño gesto con la cabeza y Santiago lo interpretó igual, afirmativo o negativo, daba igual. El chico bajó los ojos y observó su taza de chocolate, las lágrimas cayeron dentro y removieron el líquido, se quedó un momento aletargado y cuando volvió en sí miró al anciano y le preguntó: — Así que no queda nada para mí bajo la luna ¿verdad? El viejo, que era la muerte en persona hizo un movimiento con sus manos y ambos desaparecieron. ¿Qué es esto mi Dios? gritó la abuela de Santiago, al ver la ropa y la maleta con el oxígeno en el suelo, ella corrió por toda la casa y llamó a su nieto, ¿Dónde estás Santiago? mirando en todas direcciones, tratando de ubicarlo. — ¡Ayuda, alguien se ha llevado a mi nieto, por favor ayuda! En ese momento, la madre de Santiago llegó a la casa y observó con tristeza el hallazgo, recordó que su hijo le había contado un sueño que tuvo, en el que decía que la muerte visitaba a los enfermos y después de tomar chocolate le daba dos opciones para irse o quedarse, si eras bueno tu cuerpo también se iría de este mundo, pero si eras malo el cuerpo quedaría tirado esperando ser devorado por los gusanos. Aquella madre desolada, solo dijo: la muerte llegó y ofreció descanso a mi pequeño, aquí ya no había nada para él.
— No tengo miedo, pero me pregunto si estás preparado —dice el viejo.
— ¿Preparado? Supongo que sí, creo que sé quién eres, viejo.
— Entonces, ¿tienes miedo niño?
— No, pero siempre he querido saber... bueno todas las noches te lo pregunto, y hasta ahora sigues guardándote la respuesta.
— Siempre has tenido la respuesta Santiago, pero te empeñas en no aceptar las cosas.
— Es cierto, ¿qué pasará con mamá?
— Santiago, la pregunta es ¿qué quieres?
— No quiero sufrir más, es verdad, aquí no hay nada para mí, estoy listo.