Imagen de mi autoría (
) - Vista actual de lo que fue una hacienda productora de naranjas hasta el año 2000. Montalbán, Carabobo, Venezuela.
Estas líneas no pretenden adentrarse en tecnicismos y ni cronologías inherentes a el tema de la explotación del cultivo de la naranja en este pueblo y sus alrededores. No, para eso deben de haber cientos de libros y documentos diversos, seguramente estarán en los archivos de empresas, instituciones y de particulares que estuvieron relacionados con el tema.
Estas líneas son más bien otra de esas “divagancias” pendejas que yo suelo hacer más por catarsis que por otras razones que bien podrían ser menos bohemias y más de utilidad.
Pero la cuestión pasa por el hecho de que hoy, como suelo hacerlo con frecuencia, me regalé un paseo en bicicleta por los alrededores del pueblo, por esas carreteras que allende los años 70 y 80 estaban repletas de naranjales imponentes de lado y lado.
Y bueno, se me vino a la mente aquel Montalbán fantástico de mi niñez, cuando el pueblito este era todo un “suceso”, con las calles preñadas de una actividad impresionante, con las casas y las fincas teniendo nombres de familias, con haciendas que hasta procesadoras de cítricos particulares tenían. No era raro que una hacienda fuese famosa por sus caballos, por el ganado, por la cría de gallos y afines.
La cuestión, que yo recuerde, era como más “prolija” y cuando uno llegaba al pueblo, ya fuera por la vía que viene de Bejuma o por la que llaman: “La entrada de las Matas”; la sensación que lo inundaba a uno era la de “prosperidad”.
Yo me acuerdo clarísimo, que en aquella época de mi niñez temprana, yo diría que previa a mis nueve años, que fue cuando nos mudamos definitivos al pueblo, siempre nos veníamos desde Barquisimeto a visitar a la abuela Olimpia y pasarnos unos días aquí. Y para mí era algo de total asombro ver ese Montalbán de antes, con los mercados repletos de cuanto se podía comprar, sus ferreterías, el cine, el banco siempre con gente entrando y saliendo con dinero en mano, las bodegas, los eventos culturales, las fiestas patronales, el cumpleaños del pueblo. Pero, ahora que estoy haciendo memorias, aquí cavilando ya con cincuenta cumplidos, se me ocurre una cosa carajo: Este pueblo, su carácter, su esencia, tenían mucho que ver con “La Naranja”… Ahora, desde la distancia de los años, lo entiendo.
Y es que en aquellos años, uno llegaba a un mercado en cualquier capital del país y veía naranjas de aquí, de este pueblo. Recuerdo muy bien las de la hacienda “Montero” que se vendían pulidas y con un sello. Era un producto excelente, recuerdo que hasta de exportación era. Pues parte de la producción iba a parar a países de la región, ya fuera para el mercado fresco o como concentrado. En esa hacienda, como en otras, tenían su propia planta procesadora y empacadora. La naranja, internamente, la movían en esos camioncitos llamados "Unimog" de Mercedez Benz, imaginense... ¡Eran una flotilla de vehículos de esos para uso dentro de la misma hacienda!.
Ahora que lo miro así, en frío. Entiendo que la vorágine de bienestar que se vivió en aquellos tiempos, tenía mucho que ver con la economía interna generada por ese bendito rubro.
Y es que aquí en Montalbán cualquiera vivía en sana paz y sin esforzarse mucho. Ya fuese productor, propietario, empleado, revendedor, como fuese que estuviese ligado al negocio de la naranja, se podía decir que estaba “bien” (en coloquio local, digo). Y más allá de eso, estaban los que tenían sus negocios, las “bodeguitas”, los abastos, las ventas de materiales, suministros agrícola, etc. Todo prosperaba y lo hacía con relativa facilidad.
Inclusive yo, siendo un párvulo de 17 años, hice mis pasantías en “Frutera Industrial C.A. (FRICA)” allá por mediados de los años ochenta y recuerdo que en las receptorías de naranja de esa empresa, las colas de camiones y góndolas para recibir naranja eran de cientos de vehículos. Los chóferes podían pasar varios días en espera para entregar la naranja, para que fuera evaluada (porque se evaluaban parámetros de sólidos y acidez), aceptada, pesada y pagada.
En esas empresas se procesaban las ingentes cantidades de naranja compradas y se convertían en jugos y concentrado para la exportación refrigerada. Los destinos, que, yo recuerde, eran diversas Islas del Caribe, Brasil, Colombia y hasta Canadá en un tiempo.
Y bueno, ya me puse a divagar en exceso, que vaina la mía, que hasta escribiendo en serio divago y divago como un orate… El tema es que: Hoy, paseando en mi bicicleta por esas carreteras circundantes al pueblo, miré esas fincas y haciendas, las mismas que en aquellos años referidos en las líneas previas, estaban henchidas de naranjales productivos, de lores de azahares mágicos y verdores punteados de amarillos casi mágicos. Y ahora lo que veo es literalmente, sus “cadáveres”, cuando menos en donde quedan los chamizos, porque en algunos lugares ya ni siquiera quedan vestigios de aquellas plantaciones, ya que sus tallos secos y muertos, fueron comercializados como leña para hacer fuego, durante la reciente escasez de gas doméstico que se sufrió por estos lares.
Y ahí bien, el caso es que hoy el “Montalbán de la Naranja” no es ni la sombra, ya no existe esa pujanza, no queda casi nada de la prolijidad de los habitantes, del acervo tan bien resguardado, de las instituciones y mucho menos de la economía interna.
De hecho, si a mí me preguntan, no sabría dar una explicación de cómo y de qué manera es que este pueblo sigue subsistiendo. Porque es que no hay un “algo” que se pueda identificar como el epicentro productivo del pueblo, como sucedía con la industria hace 30 o 40 años atrás.
Por supuesto, no es que estamos habitando en un pueblo de novelas western, de esos que se convertían en pueblos fantasmas cuando se acababa el oro y todos se largaban a buscarlo en otra parte. No, claro que no. Aquí el pueblo -per se- sigue existiendo. A lo que me refiero es al cambio impresionante que ha dado… Aquí, ahora, todo es un “remedo” de lo que fue: Las haciendas están resecas, olvidadas, magras e improductivas, hay unos cuantos negocios que siguen siendo buenos. Me refiero a ferreterías, panaderías, ventas de insumos y hasta uno que otro mercadito sobreviviente.
El caso es que ahora todo existe como “gris”, desprolijo, las calles sucias, las casas decoloradas, los vehículos desvencijados, las plazas y los parques tristes y abandonados… Inclusive mucha gente se ha convertido en franco emblema delator del mal que corre por las venas del pueblo. Pues andan por las calles convertidos mendicantes, sucios, embebidos en harapos. Unos por costumbre, otros por necesidad, pero la mayoría porque “lo ven normal”… Y es que la gente del pueblo es franco reflejo de lo que es un pueblo.
Las causas de todo esto son diversas. Obviamente, en mucho afectó que al rubro de la naranja le afectase a mediados de los años 90 aquel virus que llamaban “Tristeza” (Citrus tristeza virus) y ya, cuando se pudieron recuperar los cultivos afectados, llegó la enfermedad llamada “Dragón Amarillo” - (Huanglongbing HLB) y si a estos flagelos les sumamos la enorme crisis social y económica que afectó a todo el país, pues nos queda un escenario del tipo “Tormenta Perfecta” para poder entender cómo fue que aquel Montalbán de calles limpias, de misas de Domingo con la gente de punto en blanco, de casas y haciendas con nombres de familias, de cultura y acervo; se haya transformado en el cascarón vacío que hoy tenemos…
¡Uf!... Texto largo, pero no niego que logré drenar mis inquietudes. Y es que los “bolsas” como uno, que viven en planisferios paralelos, embadurnados de utopías y pensamientos efímeros, cuasi “perturbados”… Necesitamos escribir con relativa frecuencia.
Gracias por leer y apreciar.
NOTA: Este texto hace referencia, se ambienta y se escribe desde Montalbán, Carabobo, Venezuela.