Mi hermana Eva, se perdió en un campo en el que íbamos todas las familias a comer, domingos alternos. Mientras los padres, preparaban el preceptivo arroz y las madres picaban hortalizas frescas para una incipiente pipirrana, los niños corríamos asalvajados, jugando a fugaces copias del poli ladro, un dos tres, escondite inglés y cualquier juego que implicase, correr, esconderse, risa y bullicio.
Ella tenía la costumbre, cuando se cansaba de nuestros juegos, imbuirse en sus ensoñaciones preadolescentes y recoger flores y hierbas olorosas varias que siempre intentaba colar en el arroz, buscando la receta, la pócima perfecta que nos embriagase a todos.
Esta vez, la espera se demoraba más, el arroz se pasaba y finalmente se pasó en la angustiosa búsqueda de la era pre pre móviles, hasta que la luz empezó a decaer y los extenuados padres dieron paso a un operativo de la guardia civil pero con infructuosos resultados igualmente. Después de dos días con sus dos noches, abandonaron la búsqueda y se dio por cerrado el operativo.
El tiempo y el ser una familia numerosa que añadió un par de miembros más por familia a la prole, hizo que el recuerdo de mi hermana Eva, se desvaneciera, pero los domingos alternos en el campo, nunca volvieron. No se volvió a hablar de ello, las familias se fueron separando, surgieron nuevos modos de ocio, y las televisiones privadas.
A los muchos años pasados, ya con mi propia familia formada, con unos amigos, surgió la idea de ir a un campo a comer un arroz, me pasaron la localización al móvil, y de primeras no caí. Cuando iba conduciendo, la carretera, no era la misma, el paisaje, había cambiado, pero el tramo final, si el tramo final, era el mismo, era el mismo campo, me vinieron recuerdos y una lágrima que escondí ante los míos de mi hermana Eva.
La zona, estaba mejor acondicionada, demasiado civilizada para mi gusto, pero los tiempos modernos mandan, algo es algo. Musité una excusa mal pergeñada y me dispuse a vagar por ese campo que marcó mi infancia. En los cascos, sonaba casualmente con fuerza un recopilatorio de Roberto Carlos, que me hizo, rememorar con mas fuerza su recuerdo.
Me senté a la sombra de un algarrobo enorme que seguía incólume presidiendo el campo y roí una algarroba que me hizo llorar y romperme de puro recuerdo, a los pocos segundos, la música osciló brevemente en los aurículares, alguna notificación me había llegado. Enjuagué las lágrimas con el envés de la camisa y leí la notificación de un número desconocido por Whatsapp:
"No te preocupes, este, es un mundo, como otro cualquiera"