En una gélida noche, todos los miembros de la orden estaban reunidos en el templo. Fabrizzio leía para sus cuatro cofrades y su hijo, fragmentos de aquel libro negro de cubierta desgastada que poseía.
Fred Chassier, François Lombard, Faustin Goodrich y Lucas Mabeuf escuchaban absortos cada palabra, imaginándose todas las escenas en su mente. Jack por su parte sentía asco de permanecer entre ellos.
—Obéck, el Dios de la sangre —leía Fabrizzio paseando los ojos por las apergaminadas y envejecidas páginas—, emergió de la sangre de una gran batalla. Por aquellos días en que el mundo no estaba tan viejo y todavía se respiraba en el aire el pecado de Caín quien mató a su hermano Abel, cualquier agravio menor era motivo suficiente para arrancarle la vida a un semejante, paulatinamente las personas fueron alimentándose de odio y antes de que el mundo fuese destruido con el diluvio, surgió una gran batalla por el poder.
Muchas personas se asesinaron entre sí, se derramó mucha sangre y de ella surgió Obéck, sediento de más de ese fluido precioso, en busca de la gloria absoluta, queriendo reclamar lo que consideraba suyo: la humanidad y la tierra.
Él concedía cualquier petición a quien le sirviera y a quien le demostrara lealtad, por eso escogió entre todos a cuatro caballeros que eran los que más lo complacían. Ellos le servían llevándole víctimas de las cuales extraían la sangre que lo alimentaba y fortalecía, pero su presencia en la tierra ofendía al Dios de la luz quien ya estaba harto del pecado y por ende cuando decidió enviar el gran diluvio que inundó el mundo, ahogando a las personas y a los animales, incluso a los fieles caballeros de Obéck.
En cuanto el agua tocó los pies de Obéck, su cuerpo fue adquiriendo la rigidez de las rocas, pero antes de sumirse en el letargo profundo, vaticinó que habría en el mundo alguien capaz de reunir a sus caballeros otra vez, aquel que lo alimentaría con sangre llena de odio, sangre pura e inocente que debería ser contaminada con odio como la sangre que le dio origen. Aquel sería llamado BRAO porque sería el Bienaventurado y Resplandeciente Amigo de Obéck y porque éste engendrará al elegido que a su vez será el encargado de derramar la sangre preciosa llena de odio sobre el cuerpo rígido de su Dios para darle vida nuevamente.
Fabrizzio dejó de leer y se quitó las gafas para contemplar mejor a los presentes que aún lo miraban con admiración, como si saborearan con regocijo cada palabra que acababan de escuchar con suma atención, y como si él fuese una especie de mesías.
—¡Bendito sea Obéck! —exclamó Lucas orgulloso—. Pronto tendrá vida nuevamente y nosotros, sus fieles sirvientes, seremos exaltados en medio de la multitud que ahora puebla la tierra
—¿Cuándo ha de llevarse a cabo la profecía? —preguntó Fred con sumo interés, dirigiéndose a Fabrizzio—. Creo que hemos esperado ya mucho tiempo. No sé ustedes pero yo estoy impaciente.
—La paciencia es una virtud que muy pocos poseen —dijo Faustin—, es por ello que Fabrizzio es El BRAO y no tú, o cualquiera de nosotros aquí presentes.
Jack escuchaba aquella conversación sin atreverse a intervenir en ella, pero sentía mucha indignación. Fabrizzio era adulado y respetado por todos solo por el simple hecho de haber engendrado al elegido para realizar la más absurda y terrible de las labores, revivir a un ser horrible, sediento de sangre humana y de odio.
—¿Acaso no recuerdan la profecía? —respondió El BRAO con una pregunta—, claramente señala que cuando llegue el momento, será una noche sin luna.
—El eclipse —musitó Faustin—. La radio y la prensa no hacen más que hablar de ello. Muchos astrónomos afirman que es probable que dentro de dos meses tengamos un eclipse lunar.
—Como la noche en que murieron los padres de la chica —recordó Lucas—, solo que en ese entonces no estábamos preparados para llevar a cabo la profecía. Ella era todavía demasiado pequeña y no sabía odiar.
—Desde que Obéck pronunció la profecía, nadie más que tú se ha manifestado como El BRAO, nadie más que tú y nosotros le dio importancia al texto —añadió François—, sino ya Obéck hubiese despertado de su letargo. El sueño premonitorio que tuviste fue determinante para saber que eras tú, Obéck te eligió a ti.
—No puedo creer que lo conoceré dentro de poco tiempo —concluyó Fabrizzio más para sí mismo que para los demás.
—¿Y tú no dices nada, elegido? —preguntó Faustin a Jack sin sacarlo de su ensimismamiento.
¿Dos meses? No podía ser que contara con tan poco tiempo para tratar de frustrar los planes de la orden. Ahora lo sabía, no podía esperar más, consideraba que después de un montón de matinales tertulias con su tío Geraldo en el hotel donde éste se hospedaba, ya había logrado conocerlo bastante y por lo tanto estaba lo suficientemente preparado como para revelarle todo. No se atrevía a actuar solo, necesitaba ayuda, pero definitivamente no iba a permitir que...
—¡Jack! —lo llamó su padre, haciéndolo reaccionar al fin—. ¿No estás orgulloso de lo que vas a hacer? Serás el encargado de darle vida a nuestro Dios.
Él solo asintió levemente.
Amaneció de nuevo en la elegante ciudad de París y los rayos del sol, aunque débiles, bañaban con su luz a cada una de las personas que transitaban ese domingo por la plaza.
Marcel caminaba del brazo de Luna, todo el mundo se giraba para mirarlos, haciendo absurdos comentarios entre ellos pues estaban sorprendidos al ver al hijo del alcalde en compañía de una joven gitana (lo sabían por su ropa) Detrás de ellos, iba Renzo junto a D' Artagnan y Dafne.
Compraron algunas manzanas acarameladas y tomaron asiento en una de las banquetas para mirar a la gente pasar. En ese momento, Dafne se percató de algo que le llamó la atención...
Amélie llevaba a Dominique en su carriola. La hija del alcalde sintió el impulso de reclamarle su atrevimiento a la mujer por ser amante de su padre, pero en ese preciso instante ella sacó al bebé de la carriola y Dafne miró de nuevo a su pequeño hermano, ese ser inocente que no le había causado mal ni a ella ni a su familia, aún así sintió el impulso de acercarse.
—¿A dónde va Dafne? —inquirió Luna, observando a la chica que tenía la mirada puesta al frente.
Marcel siguió la trayectoria de su mirada y entonces lo comprendió todo.
—Va a hablar con esa mujer —contestó levantándose de la banqueta—. Sabes quién es, ¿no?
La gitana negó con la cabeza.
—La amante de mi padre —respondió él con un ligero estremecimiento, como si le doliera decirlo en voz alta.
—¿Puedo cargarlo? —inquirió una dulce voz detrás de Amélie.
Ella giró sobre los pies para darle el frente. Por un momento dudó acerca de acceder a la petición de la chica. Dafne notó que ella tenía los ojos vidriosos y que estaba mucho más delgada y pálida que la última vez que la vio. Sin poder evitarlo sintió pena.
—Es mi hermano, ¿no? —agregó Dafne ante el silencio de la mujer.
Amélie asintió, y rendida al fin depositó al bebé en los brazos de su hermana. El niño tal y como si sintiese el llamado de la sangre, sonrió con espontaneidad. La chica se fijó en que Dominique tenía la misma sonrisa cándida de su padre y los mismos ojos color miel. Ella en cambio había heredado los mismos ojos azules de su madre, al igual que Marcel.
—Parece que le agradas —habló por fin Amélie mientras esbozaba una sonrisa triste—. Él es solo un bebé, no tiene la culpa de mis errores —dijo bajando la cabeza, avergonzada.
—¡No hablemos de eso —soltó Dafne meciendo al bebé entre sus brazos—. Tú tampoco tienes toda la culpa.
—No hay duda alguna de que es un Bienvenue —dijo una voz masculina tras las mujeres. Ambas se giraron y vieron a Marcel.
Dafne colocó al pequeño en brazos de su hermano y un par de lágrimas se asomaron por los ojos cafés de Amélie, resbalando por su rostro níveo. Nunca imaginó poder contemplar ese momento. Un sentimiento de ternura la invadió por completo al ver a los tres hermanos reunidos al fin, pero también la atrapó la melancolía, pues todo aquello significaba que jamás estaría entre los brazos de Robespierre nuevamente. Entonces sintió rabia al evocar su recuerdo, el solo se había limitado a visitar a Dominique en pocas ocasiones y a veces solo le enviaba dinero con algún mensajero de confianza del ayuntamiento. Ese era el lado que siempre había odiado de Robespierre, su obsesión por el «Que dirán».
La mujer tomó entonces al niño de los brazos de Marcel.
—Debemos marcharnos ya —dijo.
—¿Necesitas algo para él?
—No, gracias doctor, no se preocupe —respondió ella, acostando de nuevo al bebé en la carriola.
Marcel la miró con una expresión sobria en el rostro.
—No dudes en acudir a mí sí me necesitas, ¿de acuerdo? —dijo suavizando la expresión mientras ahora contemplaba al bebé.
—Quisiera verlo de nuevo —agregó Dafne cuando la mujer hubo dado algunos pasos.
Amélie se detuvo y se giró, pero no miró a la muchacha ni a su hermano, sino al piso.
—Tal vez coincidamos de nuevo en esta plaza. Suelo venir los viernes y los domingos por las tardes —respondió antes de emprender de nuevo la marcha. Sin embargo tuvo que detenerse otra vez al escuchar a Marcel.
—¡Cuídalo mucho! —expresó el joven.
—Siempre he cuidado de mi hijo, doctor. Muchas gracias —respondió antes de marcharse definitivamente.
En La Fantaisie, una vez más los ojos de Bernardette actuaban por voluntad propia, desviándose por inercia en dirección a Patrick Leblanc. Él parecía más triste que nunca, sus ojos lánguidos ya no tenían ni una pizca de brillo.
Algo debe pasarle —pensó la chica entretanto cepillaba las crines de Pegazzo.
El muchacho estaba mirando a los leones, luego se secó el rostro con la manga de la camisa y entró en su carpa. Bernardette dejó en el piso el cepillo y decidió seguirlo, quería saber qué le sucedía y si podía ayudarlo en algo, pero al llegar al lugar, un sollozo la hizo detenerse antes de anunciarse su llegada.
El joven domador lloraba sin consuelo. Era como si toda aquella tristeza que lo había acompañado en el silencio, reflejada únicamente en sus ojos, al fin hubiese salido a flote, como si encontrado un agujero lo bastante grande como para filtrarse.
Bernardette no lo soportó más, sin siquiera anunciar su presencia, descorrió la cortina y observó al joven sentado sobre la alfombra, pero lo que más le impactó fue que en la mano derecha sostenía una carta. Al mirarla con detenimiento pudo reconocer su propia caligrafía, luego desvió la mirada de la carta y la posó sobre Patrick de nuevo.
Él tenía los ojos bastante enrojecidos y el cabello revuelto. En un principio Bernardette creyó que su reacción sería echarla de allí, pero nada había podido prepararla para lo que sucedió a continuación.
Patrick se incorporó del suelo con la rapidez de un rayo, y tal como si actuara por instinto estrechó a Bernardette entre sus brazos sin dejar de sollozar, como si sintiese que ella era la única persona en el mundo capaz de entender su tristeza, aún sin conocer la razón.
Ella solo se concentró en acariciar sus cabellos con delicadeza. Había soñado tantas veces con hacer eso pero nunca de esa manera. ¿Qué podía estar ocurriéndole? ¿Acaso su carta lo había hecho llorar? No recordaba haber escrito algo que pudiera ofenderlo o hacerle daño, pero aunque nunca conociera las respuestas, no podía abandonarlo allí en ese estado. Bernardette sentía que el corazón se le detenía adentro del pecho, aquel joven taciturno pero inmutable que tanto amaba, se había derrumbado ante ella sin reparos como un castillo de naipes.
—¿Qué sucede, Patrick? —preguntó la mujer sin dejar de acariciarlo, pero él no contestó.
Continuaron así, abrazados por un largo tiempo hasta que dos palabras salieron de los labios del joven domador mientras se separaba de ella, secándose las lágrimas.
—Tu carta —dijo mostrándosela.
—¿Acaso escribí algo que te hizo daño?
Él negó con la cabeza.
—Todo lo contrario —contestó él dirigiéndose hasta un sofá y dejándose caer en él—, tu carta me ha hecho reflexionar acerca de muchas cosas. Todo este tiempo he vivido con un enorme peso sobre mis hombros, no me he sentido libre ni siquiera cuando abandoné la casa de mis padres.
Bernardette lo escuchó atenta sin siquiera atreverse a interrumpirlo, sabía perfectamente de lo que él estaba hablando, pues a pesar de que él no se lo había dicho, ya ella conocía sus penas, no obstante una luz de alegría brilló en su interior porque era la primera vez que Patrick admitía haber leído su carta.
Patrick la invitó a tomar asiento junto a él.
—Parece que me conocieras de años atrás —continuó el hombre—, tus palabras me han dado paz todo este tiempo aunque no haya tenido el valor para decírtelo, y a pesar de que todavía llevo este peso sobre mis hombros, cada palabra que está escrita en esa carta me ha reconfortado —sin poder evitarlo, Bernardette compuso una leve sonrisa que rápidamente se perdió cuando él continuó hablando—, pero ahora no puedo hallar consuelo... Él se ha ido y nadie podrá remediarlo, no volveré a verlo nunca más.
—¿Quién se fue? —preguntó Bernardette por instinto—. ¿De quién hablas?
—Mi hermano jamás me perdonó que mi padre me prefiriera —continuó él—. Nunca fui un hermano para él, siempre me consideró un enemigo, sin embargo cuando yo leía tu carta me consolaba, me recordaba que soy un ser valioso, que puedo ser diferente de lo que soy ahora, pero hoy...
—¿Hoy no fue así? —la chica lo miraba con tristeza.
Patrick negó con la cabeza al tiempo que nuevas lágrimas brotaban de sus ojos verdes y tristes.
—Ahora no hay nada que pueda aliviar mi dolor —respondió el hombre con voz queda al tiempo que se levantaba del sofá, Bernardette lo imitó. Un silencio sepulcral imperó en medio de ambos. Ella estaba sorprendida, confundida y contrariada, podía sentir el dolor de Patrick casi como si lo padeciera ella misma, no entendía que podía ser aquello que lo había impulsado al fin a prescindir del férreo hermetismo que siempre lo había caracterizado, pero no tuvo que esperar demasiado para obtener la respuesta, pues el hombre despegó los labios para hablar nuevamente.
—Mi hermano, mi único hermano está... muerto.
—¿Qué? ¿Cómo dices? ¿Estás completamente seguro?
—Esta mañana, un mensajero del Moulin Rouge (el cabaret donde trabajaba Leonard como maestro de ceremonias) vino hasta aquí para avisarme lo sucedido. Alquilé un carruaje y me fui al cabaret —hizo una pausa para sollozar, parecía que el hecho de recordar le hacía un enorme daño. Bernardette le sostuvo el brazo para transmitirle fuerza y él pudo continuar con su relato—. Cuando llegué, él aun pendía de la cuerda con que se había ahorcado en su habitación.
La chica ahogó un grito, llevándose ambos manos a la boca, ahora entendía perfectamente el por qué del desasosiego de su interlocutor.
—¡Por Dios, Patrick! Eso es terrible. No... no sé qué decirte.
—No sé por qué lo hizo —dijo Patrick con la voz quebrada y cargada de rabia—, justo ahora que estaba obteniendo todo lo que siempre había deseado: dinero, independencia, incluso era popular con las mujeres. La policía llegó después para retirar su cuerpo y yo tuve que enviarle un telegrama a mis padres.
La mujer, sin saber aún qué decir, se dispuso a abrazarlo de nuevo, sabía que aunque quisiera, jamás podría mitigar su dolor, pero al menos al brindarle apoyo él se sentiría acompañado y con un poco más de fuerza para continuar su vida. También comprendía que tal vez debía haberse sentido asfixiado con todos esos sentimientos carcomiéndolo por dentro.
De vez en cuando él conversaba con su amigo D' Artagnan, pero hasta ahora no se había atrevido a rasgar el velo que cubría sus sentimientos y pensamientos frente a nadie más. Solo un dolor como el que estaba sintiendo en ese momento podía hacer que explotara.
—Hablaré con Monsieur Buonarotti si no te importa para que te de el el tiempo que necesitas para encargarte de... —dijo Bernardette.
—Ya él lo sabe —la interrumpió Patrick, separándose de ella con delicadeza mientras secaba sus lágrimas—, él escuchó cuando el mensajero me dio la noticia, de hecho se ofreció a acompañarme y a hacerse cargo de todo, yo solo tuve que avisarle a mis padres. Es un buen hombre después de todo.
—Sí, solo que con un carácter algo difícil —respondió Bernardette con un encogimiento de hombros y una etérea sonrisa.
Al poco rato los mosqueteros se hicieron presentes para reconfortar a su amigo, luego de que Danitza le contara a D'Artagnan que había visto a Patrick llorar.
Bernardette decidió abandonar la carpa, pero él la tomó de la mano enviándole una mirada de súplica. Ese gesto la conmovió en demasía, fue como si en aquella mirada le hubiese dicho que ya no estaba dispuesto a soportar la soledad nunca más. Los mosqueteros, en especial D'Artagnan y ahora Bernardette, se habían convertido en su refugio.
Al día siguiente, Patrick comprobó la solidaridad de sus amigos y compañeros de trabajo cuando casi todos salieron a despedirlo. Él debía partir a Fontainebleau con sus padres y el cuerpo de su hermano, pues lo enterrarían allí. D'Artagnan los iba a acompañar en el viaje porque sus hermanos y sobre todo él, siempre fueron amigos de la familia Leblanc desde que trabajaron en su circo, pero principalmente lo hacía para permanecer junto a su amigo y reconfortarlo en el camino.