La estación del tren
Estuve en la estación del tren, despidiendo a mi amada en una tarde común, violenta y fría, para la ocasión de un imprevisto viaje...
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Indudablemente, es una carga ese forzoso sentimiento de culpa que queda cuando, por omisión, fuimos incapaces de salvar lo más querido.
Una pena ajena, que entrecolada en el perentorio instante final, atestigua en alguna frase sorda los sinsabores del pasado.
Haciéndome pensar, que si pudiera devolver el tiempo y subir yo, solo, al vagón, o al menos, tener tan siguiera, la oportunidad de intercambiar los boletos, mi sufrir ya no sería.
Es inútil ponerse de acuerdo en el camino, pues, al cerrar las puertas del furgón, solo se hace lugar para uno, ya no cuenta el destino, éste, queda varado al pie de abordaje, en la estación de un tren sin retorno...
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A la espera del vagón. Antes de iniciar el viaje inesperado. Observé los detalles de la estación ferroviaria destacados por su diseño clásico, ambientado en el siglo XIX.
Un amplio decoro ostentaba la sala de espera, con los avisos y señalizaciones colgantes de la época, dibujados en láminas de fibra.
Los asientos de madera moldeados y el barandal de hierro fundido, negro, contrastaban a tono perfecto con el barniz del machihembrado y los retoques ébano de mortero, en el hormigón del piso agregaban un mínimo toque de misterio.
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Estuve parado afuera durante horas, bajo la marquesina, tratando de asimilar mi ahogo.
Yo tenía miedo a pisar el domo de la estación. El pulimento del piso me irritaba y la soledad del pasillo. El señor que cuidaba la taquilla de boletos no dejaba de escudriñarme sin reparo, de arriba abajo, como si leyera mi mente, como si fuera yo un maleante, y no un deudo, como si él pudiera desmantelarme con solo mirar.
Así mismo, el dependiente, apostado a las puertas del escalafón, también, el calderero, el aparejador y el campanero del furgón, no me quitaron nunca los ojos de encima.
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Mi novia y yo estuvimos abstraídos por largo rato, no nos hablamos, solo permanecíamos sentados en la banca doble, mirando el titilar de las farolas y su luz amarillenta...
De los techos altísimos revocados en un cielo raso, se desprendían hilos de escarcha como velos de la muerte, los cuales, a pesar del impecable color blanco y la mampostería de yeso, aun así, estaban ligeramente abombados por las goteras.
Y la finísima lluvia caía sobre ella y su piel frágil se resquebrajaba.
La tomé en mis brazos, pero mi calor hacía poco, y no le pude reconocer bajo sus oquedades, repentinas, atenuadas en el profundo púrpura. Tan solo, la señal de resignación que vagamente infundía, me convenció de que estaba ahí y que aún la tenía.
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El caso fue, que el templado clima para aquella altura del año condensaba el vapor en toda superficie, así también, las paredes se desconchaban con las escurridizas filtraciones depuestas en una mancha de moho que lentamente avanzaba revistiendo el interior del túnel.
Así, en la estación, penetró una densa niebla, dispersa por todos los rincones, moviéndose con cierta desproporción inusual y celosa, hasta derramarse líquida a nivel del suelo, pronto fue llenando el espacio e irremediablemente, amenazaba con llegarnos al cuello.
Entretanto, en la lejanía, se dejó escuchar el sonido de la máquina frunciendo las vigas con el acústico chirrido del lóbrego ultimatum.
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Introduje mi mano en la solapa del abrigo para buscar el boleto y entregárselo a mi adorada mujer, pero de ella, ya no quedaba nada, apenas la mantenía una inmóvil mirada triste con el horror del fenecer. El boleto se había estropeado. De principio quise romperlo en mil pedazos, suponiendo que sería algo equivalente a burlar la sentencia del juez, quién ahora convertido en vagonero, procedía a recolectar las fichas y a esgrimir el sello.
Pero, de solo imaginarla perdida en los confines del más allá, se rompía mi alma, me robaba toda fe y acaba con la esperanza de algún día volver a encontrarla.
Ya su mano no podía sostener ni el mismo aire, por más que quisiera, tenía que ser yo quién entregara el boleto en el más oscuro e inevitable canje.
En mi último intento desesperado por interceder, pensé en hacerme pasar por ella, pero era evidente, sería una tarea imposible engañar al vagonero y a sus centinelas, enviados por la misma muerte.
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Luego de cargarla, desfallecida, noté que pesaba aun menos que siempre, y su piel casi transparente, y sus labios de color ceniza, rotos, cubiertos por escarcha. Entregué el boleto al recolector, sin decir palabra. La senté cerca de una ventana, recostada en el cristal para poder mirarla. Solo recuerdo su ligera mueca enmarcada, el gesto indecible, de un vano esfuerzo por quedarse en la estación...
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Finalmente, el tren se puso en marcha, y yo abismado, la despedí, con mi mano colocada en el pecho susurré la palabra, te amo.
Justo cuando la máquina arrojaba una cortina de humo bajo rieles, borrando por completo la estación del tren, el vagón de la muerte y el rastro de mi amada, quién partió en un inesperado viaje, para siempre...
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2022