El cielo no nos espera
Cuando cruzamos una esquina en donde había basura ardiendo, vimos un grupo de niños sentados y acostados en las aceras. Apenas un pedazo de tela cubría sus cuerpos. Vi cómo las personas que iban al frente se pusieron alertas y comenzaron a pedirnos que nos uniéramos más, para crear un escudo humano. Los niños apenas nos vieron: el hambre los había anulado por completo. Demasiada carencia en tan pequeños cuerpos.
La idea era abastecernos de alimentos por lo que nos dirigimos al punto donde nos habían dicho. Allí había un cordón de seguridad que impedía que la muchedumbre enardecida saqueara los galpones llenos de comida. Solo nos darían un saco si ofrecíamos información importante de los perseguidos políticos y nuestro grupo había decidido vender a uno de los nuestros. Era la vida de él o la nuestra y las cartas estaban echadas.
Luego de horas de interrogatorio y dar pruebas, nos dieron un saco con algunos víveres. Lo vi y una contracción en el estómago me puso amarga la boca. Cuando salimos, miles de personas nos chillaban recordándonos con su presencia nuestra cobardía y su hambre. Caminamos rápido, atemorizados, pero fue imposible que no nos alcanzaran. Como fieras, saltaron sobre nosotros. Lo último que vi fue la boca abierta de uno de ellos y luego cerré los ojos. Era la vida de ellos o la de nosotros.