El diluvio de María
De repente, entre la multitud, alguien, por encima de todos, le grita. La chica busca por entre las cabezas y ahora vuelve a escuchar su nombre: María, María. De la muchedumbre surge un chico que decidido hacia ella se enfila y ella, sintiendo que las piernas flaquean, no puede moverse, aunque la inunde una ola de alegría.
El chico llega hasta ella y como unos cíclopes se miran, sus bocas se acercan y se saborean como la más deliciosa de las comidas. Él la toma de la cintura, ella le agarra la camisa y sus cuerpos se juntan, se comprimen, con una ardiente y demorada prisa. Por un instante son uno solo, la más erótica de las estatuillas: apretados y reducidos, parecen un monumento a la más osada de las caricias.
La lluvia ha comenzado a caer y la gente corre para refugiarse. Los amantes se separan, el chico se aleja y camina acelerado por la calle. María se queda parada temblando con una mano en los labios y otra en su talle. Siente que su vientre, aunque mojado, es un pozo que arde y que toda ella ha comenzado a mojarse, a empaparse. Con la piel erizada y bajo una luna menguante, María toda ella es un diluvio deslumbrante.