Una extraña historia de amor igual a todas
Cuando ella lo conoció, él moraba en lo alto de los árboles. Desde allí él podía ver todo aquello que quería, pero nadie podía tocarlo. Tampoco lo tocaban los sentimientos humanos, banales: era inmune a ellos. Solo lo conmovía la naturaleza, el aire, las plantas, la poesía, los animales. Inventaba excusas para no bajar y mantenerse en su laberinto de soledades y miedos.
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Pero como los ángeles andan descalzos, ella llegó sin que él se diera cuenta. Solo se fijó en ella cuando ya era demasiado tarde: ella estaba trepada en su árbol contándole la historia de aquellas criaturas que se habían perdido y que no habían podido volver a sus casas. El hombre le dijo que no tenía recuerdos ni morada.=00❤️00=
Entonces en aquel mundo diminuto ella empezó a alimentar al hombre: de ella salieron flores que el hombre llevaba a su boca y líquidos que el hombre bebía hasta quedar saciado. Diariamente, puntual, el hombre dormía mecido por la voz de aquella mujer y ya más nunca se desveló mirando los relojes rotos, ni el cielo oscuro, ni los gigantes árboles que amenazaban con huir.=00❤️00=
Una mañana ella bajó y salió del laberinto. Desde la realidad, dijo su nombre. El hombre entonces se despertó y se halló solo. Se sintió, por primera vez, perdido. Buscó a la mujer y su olor brotó entre las piedras. Entonces el hombre se dijo: Tal vez ya sea hora de dejar las ramas y estar más cerca de la raíz. Y así lo hizo. Desde entonces, hombre y mujer, a pesar de las ganas de volar, han pactado caminar por el mismo camino.
Pero como los ángeles andan descalzos, ella llegó sin que él se diera cuenta. Solo se fijó en ella cuando ya era demasiado tarde: ella estaba trepada en su árbol contándole la historia de aquellas criaturas que se habían perdido y que no habían podido volver a sus casas. El hombre le dijo que no tenía recuerdos ni morada.
Entonces en aquel mundo diminuto ella empezó a alimentar al hombre: de ella salieron flores que el hombre llevaba a su boca y líquidos que el hombre bebía hasta quedar saciado. Diariamente, puntual, el hombre dormía mecido por la voz de aquella mujer y ya más nunca se desveló mirando los relojes rotos, ni el cielo oscuro, ni los gigantes árboles que amenazaban con huir.
Una mañana ella bajó y salió del laberinto. Desde la realidad, dijo su nombre. El hombre entonces se despertó y se halló solo. Se sintió, por primera vez, perdido. Buscó a la mujer y su olor brotó entre las piedras. Entonces el hombre se dijo: Tal vez ya sea hora de dejar las ramas y estar más cerca de la raíz. Y así lo hizo. Desde entonces, hombre y mujer, a pesar de las ganas de volar, han pactado caminar por el mismo camino.