Indisposición repentina
Oh, vaya… creo que el desahogo mañanero en el retrete de casa no ha sido suficiente. Pareciera que la parte baja de mi sistema digestivo se está encogiendo por momentos. Duele, poso las manos bajo el ombligo y aprieto. No puedo evitar doblar mi cuerpo un poco. Aún estoy montado en el metro cuando las ganas de cagar irrumpen con fuerza en la cotidianeidad de este instante tan común que repito día tras día. Me dirijo al trabajo, como siempre, pero esta vez tendré que hacer una parada de emergencia. Quizá tenga algo que ver el enorme Kebab que cené anoche. El tren subterráneo se detiene, esta no es mi parada pero voy a bajar en busca de los aseos públicos. ¿Dónde están? Allí parece que veo una señal. Avanzo rápido mientras mi trasero va expulsando unas cada vez más sonoras ventosidades que no puedo evitar. Estoy a punto de cagarme encima. Llego por fin a la puerta del baño y cuando me dispongo a abrirla me lo impide el cerrojo que la bloquea acompañado de una voz que grita desde dentro… “¡Ocupado!”. Maldita sea, creo que no puedo aguantar más, que sea lo que Dios quiera.