Tras pasar los vidrios me pega en la cara, algo débil y somero, el sol, y no para.
Es el primer día de una nueva etapa.
Se oye el bullicio, se oyen las voces, se oyen las bocas que no se callan.
Roza mi frente el aroma de una época vieja, me roza, se va, se pierde, cruza los muros y me deja.
Mi sangre hierve, mi corazón se lamenta. Árboles atónitos me miran, libres al aire se ríen de mí, sus brotes bailan, vuelan y giran.
Recuerdos vagos me empujan hacia los días que ya viví.
Hay otros que imitan mi presencia inerte, inexistente, innecesaria.
El termómetro incinera, el aire sofoca. Suenan tan alegres, y yo soy una sombra quieta y dura que se asfixia.
El sol se enrosca en las rejas, pretende cerrarme los ojos mientras la brisa revolotea, traviesa, mimosa y loca.
Me siento sola, extraña a los demás, quiero irme, mi presencia sobra.
Estoy pero nadie me ve, mi presencia es nula, hoy es el día que esperé ayer.
¿A quién le interesa saber cómo estoy?
Miro afuera, los árboles libres al aire se ríen de mí, la atmósfera es fuego, mi piel arde, recuerdos vagos me empujan hacia los días que ya viví, se oye el bullicio, se oyen las voces, se oyen las bocas que no se callan y el sol que no deja de molestar.