Un hombre vivía obsesionado continuamente por el miedo de que le robarán, ni las cajas fuertes ni los bancos le parecían bastante seguros, hasta que un día decidió que los métodos antiguos eran los mejores, fue donde un orfebre y cambió todo el el dinero que tenía por un lingote de oro, eligió un lugar adecuado y por la noche cavó un hoyo profundo, enterró el lingote y volvió a llenar de tierra el hoyo con mucho cuidado.
De vez en cuando iba a ver aquella tumba tan especial para comprobar que todo seguía en orden, pero también porque tenia tanto apego a su oro que era como si hubiera sepultado allí su propio corazón, un día descubrió que el hoyo había sido abierto y que el lingote había desaparecido, ya puedes imaginar sus llantos y sus lamentos.
-Pero ¿Por qué te desesperas?, intentó consolarlo un amigo, tampoco tenias el oro antes de que e lo robaran ¿para qué te servia?, ahora coge una piedra, entiérrala y hazte la cuenta de que es tu lingote, todo será igual que antes, porque de nada sirve poseer algo si no se es capaz de disfrutar de ello.